La cartera

Tengo vacía la nevera
Ya ni siquiera me queda
ese limón a medias
cubierto de moho y tiempo de espera.
Tengo llena la mirada.
Guarda instantes,
trenes que partieron sin mí
y amores que ya jamás reclamaré.
Tengo la cartera a rebosar.
Guardo poemas por terminar,
la foto de carné de algún polvo medio especial
y tres extrañas monedas de la zona euro.

Sahara Occidental – Reportaje

Cadena perpetua al Sahara Occidental

La retirada de España de su antigua colonia, su ocupación por parte de Mauritania y Marruecos y la posterior guerra que desató esta ocupación han quedado sepultados bajo años de olvido. El bloqueo de la situación se ha debido principalmente a las trabas puestas por parte de Marruecos, Francia y Estados Unidos a los dictámenes de las Naciones Unidas. Sin embargo, las polémicas de los últimos años como la expulsión de Aminetu Haidar del territorio saharaui, las revueltas del campamento Gdeim Izik y la reciente tensión generada en la región de Guergerat han reavivado el conflicto y lo han devuelto a la actualidad.

Hijas del patriarcado

Nosotros somos cincos; ellas cuatro. De nosotros tres son los benjamines y aún no tienen ni voz ni voto. Es más: son los recaderos, los correveidile, los juguetes, los cojines o cualquier otra cosa que nosotros queramos que sean. El resto somos mi hermano y yo: el blanco y el negro, el día y la noche, la autoridad y el refugio, el patriarca y el repatriado. Claro, tiene su lógica cuando se sabe que él es el hermano militar quince días cada cuatro meses y el hermano obrero el resto del año, quien trae el pan a casa, quien dicta las normas, quien mea las esquinas para marcar el territorio; mientras yo soy aquel hermano al que nunca se ve, al que no se le pide nada porque nunca tiene nada que dar, el que, en cierto modo, tampoco tiene ni voz ni voto en esto al que llamamos familia.

La libertad enamora

Yo era el más canijo; siempre el más fuerte. Ella era la más pequeña; siempre la más valiente. Se vestía siempre acorde con su humor, se vestía siempre alegre. Verde. Decía que no era su color, pero que era el color que más le hacía sonreír. Pantalones de pitillo, camisetas ceñidas, ideas libres y siempre sin sujetador. Yo bromeaba, babeaba; siempre tras sus huesos. «Se te ven los pezones» decía yo, «Vuelve a decir eso y te corto los cojones» respondía ella. Y acto seguido estallaba en una carcajada infinita. Yo miraba y sonreía; ella fumaba tabaco de liar.
Jamás regalaba un beso por compasión; jamás mentía por complacer. Si reía era sincera y si callaba lo era aún más. Salía todas las noches. Decía sentirse más libre. «¿Y no tienes miedo?» le preguntaba la camarera del bar donde íbamos siempre. «Nadie tiene más cojones que yo» respondía. Cogía su copa, se la terminaba de un trago y me miraba sonriendo. «Mira que eres feo, canijo», «mira que eres basta, diablo». Y en algo tenía ella razón: siempre fui un canijo; y en algo tenía yo razón: ella siempre fue un diablo.
Un día desapareció. La llamé al móvil; ni rastro. La llamé al timbre; ni una señal. La llamé a pleno pulmón y casi me quedé sin aliento.

Día II

No soy de tierras ni de naciones
no quiero nada regalado,
me gusta ganarme los galones
y soporto amar sin ser amado.
No tengo casa ni hogar de vuelta,
extraño a gente bella y muy rara,
desprecio cualquier figura esbelta
si consigo no trae ninguna tara.
Canto alabanzas a diario
a aberraciones perfectas
que liberan de un viejo armario
mis ideas insurrectas.

Día I

Las pestañas por cuchillas
no dejaban hablar al silencio.
Las sonrisas por desaires
ningunearon la fuerza.
Dedos gordos y sebosos
acallaron labios preciosos.
Lobos de tupé y gafas de sol,
amos de exitosas improntas,
domadores de las cimas sociales,
que hacen de la vida su gallinero,
del resto de lobos su manada,
y de su opinión dogma.

Déjenme crecer

Primero vinieron las pesadillas. Uno nunca llega a ser del todo consciente de cuán adentro suyo se habían calado las ganas de libertad como cuando hasta sus sueños se lo dictan. Llegaron las noches en vela temiendo soñar, los días de angustia temiendo dormir, las lágrimas en silencio, la sensación de vacío, el calor que asfixia y el hambre que aprieta. Y uno ahí. ¿Dónde si no? No había más lugares en el mundo. O al menos, no habíamos visto lugar alguno que defiriese en lo más mínimo de aquel desierto.
Luego empezaron los respiros de dos meses: nuevos amigos, nuevos compañeros de aventuras que se desvanecían llegado el quince de septiembre tan rápidamente como el calor y el polvo rojo iban nublando los recuerdos, borrándolos o simplemente sustituyéndolos por una nostalgia sinuosa que destroza cualquier infancia.

La transición saharaui

¿Qué habrá tras la muerte del líder de la resistencia saharaui?

La sociedad saharaui está antes un momento histórico: su particular «transición». Visto desde cualquier perspectiva, es un punto clave para el transcurso de su historia: es la primera vez que la República Árabe Saharaui Democrática (RASD) pierde un presidente; es la primera vez —y quizás única, en las décadas venideras— que se le plantea la posibilidad de un cambio estructural en lo que concierne a su política exterior, y es, creo yo, un gran momento para replantearse objetivos, analizar logros, valorar la situación de su porvenir y proponer soluciones factibles.

¿Ironía o erotismo?

Ironía era cuando gritabas de dolor
mientras me empujabas hacia tus adentros;
erotismo era cómo te chupabas los dedos
para saborear qué dejé dentro de ti.
Ironía era buscar el interruptor para verme la cara al correrme
mientras tú mantenías los ojos cerrados;
erotismo era darme a probar mi propio semen
con los ojos bien abiertos.
Ironía era suspender anatomía el martes
y saberte todas mis partes el viernes;
erotismo era casi correrte
pensándome en la pregunta veinte.

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