LIBRETA

Yo no soy africano

Renuncie a ser “saharaui” por la postilla que todo aquel que conocía me colgaba justo después: “pobrecito”.

Hubo una vez que renuncié a ser quien soy. Me constó entenderme, porque, joder, yo estaba orgulloso de venir de donde venía, de haber mamado la cultura que mamé de pequeño, de haber sabido abrirme a otras culturas que vendrían después, de haber aprendido a interconectarlas, retroalimentarlas y hacerlas convivir en mi mente.
Pero ni eso había hecho que alcanzara cierta serenidad interior. Todo lo contrario; una sombra de frustración y rabia me recorría la espina dorsal cada vez que me presentaba a alguien. Y es que se da la casualidad —para nada casual— de que intenté, en un primer momento y en un acto de suma revolución, convertir mis orígenes en mi valor añadido más notable. Como quien, con la barbilla en lato, el pulso firme y la garganta sedosa, enuncia: “Soy norteafricano y a mucha honra”.
Pero, como os digo, se volvió en mi contra. Ser saharaui en España despierta cierta ternura, compasión y una condescendencia incalculable que, más que empatía, parece lástima. Vamos, lo que era.
“¡Ay, pobres! Más de cuarenta años lleváis por ahí, ¿no? Joder, en este país nadie mueve ni un dedo por vosotros”. “Pues hablas muy bien castellano para ser de por allá”. “La amiga del vecino de un primo mío tuvo uno como tú”. “Debió ser muy duro venir hasta aquí solo… y tan pequeñito”. “A ver. Yo no soy racista, mucho menos con vosotros que casi fuisteis españoles, pero…”
¡Uf! Voy a ir por partes. “…nadie mueve ni un dedo por vosotros”. ¿No me digas? Gracias por decirlo, porque, ¡joder!, si no llega a ser por ti igual se me pasa por alto que le han jodido la vida a mi pueblo. Los de “hablas muy bien castellano…” ¿Castellano? ¿Quién dice hoy en día castellano? Nadie; solo tú. “…uno como tú”. No se podrá negar la majestuosidad de esa fórmula. “Tuvo que ser muy duro…” Más duro está siendo aguantar esta conversación, que te conozco de hace cinco minutos. ¡Déjame en paz! Los que “no son racistas, pero…” ¿Qué decir? Que se lo hagan mirar.
Bien pues. ¿Cómo algo así pudo convertirse en un aspecto tan sumamente decisivo en mi manera de presentarme? Muy fácil: porque, al final, las relaciones iniciadas y afianzadas con inicios como ese se edificaban en base al sentimiento de lástima (como la emoción más inocua), condescendencia (como sentimiento de nivel intermedio) y poder (como máxima expresión del imperialismo histórico ejercido por la cultura occidental para con los pueblos como el mío; la última colonia española).
En mis relaciones laborales nunca se me ha hecho sentir al mismo nivel que los demás, a pesar de mi valía profesional; en mis relaciones de amistad, un apelativo “cariñoso” que estaba ahí para que no se me olvidara de dónde venía era “moret” (diminutivo de moro en valenciano), y en mis relaciones amorosas (algunas de ellas; no todas), la constante presente era que se basaban en algo a medio camino entre el exotismo de lo foráneo y la excepción del caso.
Renuncié a todo ello, no a ser quien soy. Soy africano, europeo y, el día de mañana, seré lo que me dé la gana ser.

Del Sàhara a Catalunya

Soc un enamorat de les causes perdudes
de totes les causes perdudes
perquè a la meva vida
no hi ha major causa perduda
que jo mateix.
Soc d’un país llunyà i petit;
tan llunyà que quasi no s’hi veu,
tan petit que quasi no existeix.
Soc enamorat d’un país proper i gran;
tan proper que ningú no el vol veure,
tan gran que ningú no el deixa ser.
Soc estranya’t allà d’on soc,
soc estima’t aquí on soc,
soc boig i soc ingenu.
Soc una rialla descontrolada
que aixeca una polseguera al carrer.
Soc un enamorat de «Els amants»,
del «De Burjassot a tu», del «Perquè vull»,
de la veu greu de Montllor, del «Suya mi guerra»,
del «Tres de Pego», de «L’Estaca», de «La Flama»
i d’aquests versos:
«Jo desitjava, a voltes, un amor educat
i en marxa el tocadiscos, negligentment besant-te,
ara un muscle i després el peçó d’una orella»,
que cada vegada que rellegeixo
penso que ja mai més
ningú explicarà l’amor carnal
com ho va fer Estellés.

LA INFLUENCIA DE LA ESCUELA DE FRANKFORT EN LA OBRA DE BANKSY

Contenido

Introducción
El grafiti y la Escuela de Frankfort

El concepto de cultura
La Escuela de Chicago
La Escuela de Frankfort
El Grafiti
Banksy y la escuela de Frankfort

Conclusión
Bibliografía

Introducción

El concepto de cultura es un término que suscita en su misma concepción y entendimiento una discusión constante. Qué es y qué no es sensible de ser declarado cultural es una cuestión a resolver de perpetuidad. El motivo es fácilmente explicable desde la perspectiva de la dialéctica hegeliano, adaptada y ampliada con posterioridad por la teoría marxista: no hay consenso en síntesis de la tesis y antítesis culturales predominantes (opresor y oprimido) en las sociedades occidentales modernas por conflicto de intereses.
Puesto que la cultura es producto de la acción del sujeto y que su producción es la reafirmación de dicho sujeto en su contexto histórico-social, su definición, acotación, concepción y acepción final en el imaginario colectivo, convirtiéndose así en un ente estático imperturbable por ninguna de las partes interesadas, solo puede significar la imposición de la tesis sobre su antítesis.
Esta guerra de intereses sobre el mismo concepto (y, por ende, su concepción social) de cultura, en la que ambos bandos pretenden apropiarse de él y hacerlo suyo, aceptando como cultural aquello que consideran y excluyendo aquello que no, es lo que ha imposibilitado un consenso sobre el mismo a lo largo de la historia sociología.
De las dos teorías que más han teorizado sobre el concepto de cultura y sobre sus implicaciones, la escuela de Chicago (funcionalista) y la Escuela de Frankfort (crítica), aquella que mayor preocupación —introduciendo el humanismo en el concepto— ha mostrado es esta segunda: la Escuela Crítica de Frankfort.
Es por esto mismo que he escogido el paradigma de la Escuela de Frankfort y el postmarxismo para su análisis y ampliación por medio del arte urbano (baja cultura) por excelencia: el grafiti.
Como batuta del ensayo sobre arte urbano y la escuela crítica, he escogido al artista callejero «hegemónico»: Banksy. Su ácido arte, su crítica al capitalismo, a la cultura hegemónica (ironías del arte: artista hegemónico criticando la hegemonía), al discurso único, a las desigualdades sociales, raciales, trasnacionales…, y sus propias contradicciones le hacen el más adecuado para analizar la influencia de esta escuela en la cultura de masas postmoderna.

Sahara Occidental – Reportaje

Cadena perpetua al Sahara Occidental

La retirada de España de su antigua colonia, su ocupación por parte de Mauritania y Marruecos y la posterior guerra que desató esta ocupación han quedado sepultados bajo años de olvido. El bloqueo de la situación se ha debido principalmente a las trabas puestas por parte de Marruecos, Francia y Estados Unidos a los dictámenes de las Naciones Unidas. Sin embargo, las polémicas de los últimos años como la expulsión de Aminetu Haidar del territorio saharaui, las revueltas del campamento Gdeim Izik y la reciente tensión generada en la región de Guergerat han reavivado el conflicto y lo han devuelto a la actualidad.

Hijas del patriarcado

Nosotros somos cincos; ellas cuatro. De nosotros tres son los benjamines y aún no tienen ni voz ni voto. Es más: son los recaderos, los correveidile, los juguetes, los cojines o cualquier otra cosa que nosotros queramos que sean. El resto somos mi hermano y yo: el blanco y el negro, el día y la noche, la autoridad y el refugio, el patriarca y el repatriado. Claro, tiene su lógica cuando se sabe que él es el hermano militar quince días cada cuatro meses y el hermano obrero el resto del año, quien trae el pan a casa, quien dicta las normas, quien mea las esquinas para marcar el territorio; mientras yo soy aquel hermano al que nunca se ve, al que no se le pide nada porque nunca tiene nada que dar, el que, en cierto modo, tampoco tiene ni voz ni voto en esto al que llamamos familia.

La libertad enamora

Yo era el más canijo; siempre el más fuerte. Ella era la más pequeña; siempre la más valiente. Se vestía siempre acorde con su humor, se vestía siempre alegre. Verde. Decía que no era su color, pero que era el color que más le hacía sonreír. Pantalones de pitillo, camisetas ceñidas, ideas libres y siempre sin sujetador. Yo bromeaba, babeaba; siempre tras sus huesos. «Se te ven los pezones» decía yo, «Vuelve a decir eso y te corto los cojones» respondía ella. Y acto seguido estallaba en una carcajada infinita. Yo miraba y sonreía; ella fumaba tabaco de liar.
Jamás regalaba un beso por compasión; jamás mentía por complacer. Si reía era sincera y si callaba lo era aún más. Salía todas las noches. Decía sentirse más libre. «¿Y no tienes miedo?» le preguntaba la camarera del bar donde íbamos siempre. «Nadie tiene más cojones que yo» respondía. Cogía su copa, se la terminaba de un trago y me miraba sonriendo. «Mira que eres feo, canijo», «mira que eres basta, diablo». Y en algo tenía ella razón: siempre fui un canijo; y en algo tenía yo razón: ella siempre fue un diablo.
Un día desapareció. La llamé al móvil; ni rastro. La llamé al timbre; ni una señal. La llamé a pleno pulmón y casi me quedé sin aliento.

Día II

No soy de tierras ni de naciones
no quiero nada regalado,
me gusta ganarme los galones
y soporto amar sin ser amado.
No tengo casa ni hogar de vuelta,
extraño a gente bella y muy rara,
desprecio cualquier figura esbelta
si consigo no trae ninguna tara.
Canto alabanzas a diario
a aberraciones perfectas
que liberan de un viejo armario
mis ideas insurrectas.
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