Hijas del patriarcado

Nosotros somos cincos; ellas cuatro. De nosotros tres son los benjamines y aún no tienen ni voz ni voto. Es más: son los recaderos, los correveidile, los juguetes, los cojines o cualquier otra cosa que nosotros queramos que sean. El resto somos mi hermano y yo: el blanco y el negro, el día y la noche, la autoridad y el refugio, el patriarca y el repatriado. Claro, tiene su lógica cuando se sabe que él es el hermano militar quince días cada cuatro meses y el hermano obrero el resto del año, quien trae el pan a casa, quien dicta las normas, quien mea las esquinas para marcar el territorio; mientras yo soy aquel hermano al que nunca se ve, al que no se le pide nada porque nunca tiene nada que dar, el que, en cierto modo, tampoco tiene ni voz ni voto en esto al que llamamos familia.

La libertad enamora

Yo era el más canijo; siempre el más fuerte. Ella era la más pequeña; siempre la más valiente. Se vestía siempre acorde con su humor, se vestía siempre alegre. Verde. Decía que no era su color, pero que era el color que más le hacía sonreír. Pantalones de pitillo, camisetas ceñidas, ideas libres y siempre sin sujetador. Yo bromeaba, babeaba; siempre tras sus huesos. «Se te ven los pezones» decía yo, «Vuelve a decir eso y te corto los cojones» respondía ella. Y acto seguido estallaba en una carcajada infinita. Yo miraba y sonreía; ella fumaba tabaco de liar.
Jamás regalaba un beso por compasión; jamás mentía por complacer. Si reía era sincera y si callaba lo era aún más. Salía todas las noches. Decía sentirse más libre. «¿Y no tienes miedo?» le preguntaba la camarera del bar donde íbamos siempre. «Nadie tiene más cojones que yo» respondía. Cogía su copa, se la terminaba de un trago y me miraba sonriendo. «Mira que eres feo, canijo», «mira que eres basta, diablo». Y en algo tenía ella razón: siempre fui un canijo; y en algo tenía yo razón: ella siempre fue un diablo.
Un día desapareció. La llamé al móvil; ni rastro. La llamé al timbre; ni una señal. La llamé a pleno pulmón y casi me quedé sin aliento.

Déjenme crecer

Primero vinieron las pesadillas. Uno nunca llega a ser del todo consciente de cuán adentro suyo se habían calado las ganas de libertad como cuando hasta sus sueños se lo dictan. Llegaron las noches en vela temiendo soñar, los días de angustia temiendo dormir, las lágrimas en silencio, la sensación de vacío, el calor que asfixia y el hambre que aprieta. Y uno ahí. ¿Dónde si no? No había más lugares en el mundo. O al menos, no habíamos visto lugar alguno que defiriese en lo más mínimo de aquel desierto.
Luego empezaron los respiros de dos meses: nuevos amigos, nuevos compañeros de aventuras que se desvanecían llegado el quince de septiembre tan rápidamente como el calor y el polvo rojo iban nublando los recuerdos, borrándolos o simplemente sustituyéndolos por una nostalgia sinuosa que destroza cualquier infancia.

Mi Sant Jordi

Cuenta la leyenda que en un bosque cercano a un reino injusto vivía dos amigos: el uno se llamaba Jordi, el otro era un dragón. Se divertían incendiando las cercanías del reino, asediando a su villano rey, intentando que repartiera justicia y riquezas entre su plebe. Pero éste nunca cedía.
Un buen día y, a cambio del cese de sus travesuras —supusieron ellos—, el rey les envió dos corderos: uno y mitad para el dragón; mitad para el caballero.
Así siguió su rifirrafe con el rey hasta que un buen día, en lugar de dos corderos, llegó un cordero y un niño de nueve años. Estupefactos ambos dos, primero lloraron, luego rieron y al final se repartieron el cordero entre los tres.
Al mes siguiente llegó otro niño y al siguiente una anciana y al siguiente un hombre mayor… y un buen día llegó la hija del rey.
Sentados todos alrededor de una pequeña hoguera idearon un plan maestro para derrotar al rey. En dicho plan, Jordi derrotaba al dragón, el dragón sangraba flores, las flores se le regalaban a la princesa, la princesa se enamoraba de Jordi, el rey recompensaba a Jordi por su valentía regalándole todas sus posesiones, Jordi las repartía entre el pueblo, y el pueblo elegía democráticamente a sus representantes.
Y hasta aquí mi particular visión de Sant Jordi.

Sant Jordi

Una ciudad burbujeante; calles repletas de gente, esquinas oliendo a rosas frescas, y el aroma de los libro recién estrenados, que invadía las fosas nasales de todos los que, por doquier, paseaban con una media luna dibujada en el rostro.
Jovencitas con flores; jovencitos con libros. Jovencitas con muchas flores —me pregunto cuántos libros habrán regalado sentidamente—; y jovencitos sin ningún libro. Señoras con flores; señores con libros. Señoras con flores; señores sin libros, que, colgados de los brazos de sus mujeres, piensan que ya son ellas “bastante libro por leer aún”. Señoras sin flores, que supongo piensan “él es mi flor”; señores con libros que no leerán nunca.
Un Oliver Twist, tan desarropado como el descrito en su momento entre las páginas de Charles Dickens, merodea por los alrededores de un Másquefrutes. Mira a ambos lados en los que no ve peligro alguno. Busca con disimulo los ojos del tendero, mientras éste, haciendo como que no le ve, mira de reojo al malhechor sin fruncir demasiado el ceño. “Twist”, ignorando por completo la ahora atenta mirada del frutero, coge “prestada” una manzana y desaparece de la vista de todos. El frutero por su parte, lejos de salir corriendo tras el lazarillo, niega con la cabeza casi con una sonrisa, y sigue con sus quehaceres.

Capítulo X

Volar es un sueño que han tenido los hombres desde tiempos inmemoriales. En la mitología griega, Dédalo le construyó a su hijo Ícaro unas alas de cera para poder escapar de la isla de Creta, donde estaban recluidos por el rey Minos. En la antigua Roma, Da Vinci invirtió gran parte de su tiempo en construir y probar artilugios para demostrar que el hombre podía volar siempre que se lo propusiera. ¿Por qué tanto empeño? Fácil: porque para el hombre volar es sinónimo de libertad, y no hay animal en la tierra que anhele más ser libre, que el hombre. Desde un tiempo hacia aquí, desde que el hombre dejó de soñar como antaño, se conforma con llegar a flotar. Y eso que flotar para él, es sólo una metáfora de su estado psicológico, es tan sólo una mera nomenclatura que decidió acuñar para un estado anímico medianamente equilibrado. Miquel se conformaba con eso mismo; con flotar. Siempre que lograba apagar mínimamente el recuerdo de Olga, flotaba. Flotaba e incluso se sentía vivo y con eso era capaz de seguir adelante, de ir a trabajar, de intentar dejar de fumar, de amagar las lágrimas en los momentos de flaqueza mental, de sonreír a los vecinos, de rechazar alguna copa de Whisky de vez en cuando, y de ir los viernes por la tarde al cementerio.

Un día, la vio de espaldas sentada frente a la tumba de Olga. Gesticula muchísimo y hablaba sin tristeza en las palabras. A medida que fue acercándose a ella, la oía más claramente. Le contaba a su hermana su encuentro con él en el bar la otra noche, le contaba lo guapo que era y la cara de tonto que se le había quedado al verla salir del baño. Hablaba muy deprisa y casi sin respiraba. A Miquel le costaba seguirle el discurso en algunas ocasiones. Llegó justo detrás de ella, se paró y esperó a que terminara de hablar. Ella lo intuyó y se calló; sabía de sobra que era él. Se giró lentamente sin terminar de volverse del todo, sólo lo justo para darle a entender que sabía que estaba ahí, y que le invitaba a sentarse con ella y a hablarle a Olga de sus cosas. Pero para él hablarle a los muertos es una pérdida de tiempo que no cuadra con su racionalismo de bohemio curtido, así que se acercó a la tumba, retiró las flores marchitas que había dejado ahí la semana anterior, puso el nuevo ramo y se volvió hacia Marta que lo miraba en una especie de silencio opaco. Le tendió una mano, la ayudó a levantarse, la abrazó una vez la tuvo de pie frente a él, y pasándole un brazo por encima de los hombros, se la llevó dirección a la salida del cementerio.

―Te invito a una copa ―dijo ella apenas salieron del cementerio. Es lo que tiene la gente como Marta, que ni el más triste de los episodios de su vida, es capaz de quitarle la alegría de vivir.

―Te lo agradezco mucho Marta. Pero hoy no me apetece hacer absolutamente nada. Quizás otro día, ¿vale?

―Está bien. Otro día será. Pero recuerda que para mí, “quizás otro día”, es una promesa.

Él le sonrió y siguió caminando a su lado sin decir nada más. Llegaron a la esquina de la pescadería, donde se despidieron. Miquel fue para la derecha, hacia su piso; Marta fue hacia la izquierda, hacia la vida.

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Capítulo IX

Fermín medio reía, el pescadero bebía, y Mquel no sabía qué demonios acababa de pasado en aquel maldito bar. El muchacho que acompañaba a Marta, tan desconcertado como Miquel, se acercó a éste, se sentó en un taburete que quedaba libre a su lado, y se bebió de un solo trago el combinado que Fermín le acababa de servir.

―Lo siento ―se disculpó―. Lo necesitaba. No sé qué demonios acaba de pasar. Pero sea lo que sea, me viene grande.

―Yo tampoco lo sé ―respondió Miquel atónito. Seguía mirando fijamente a la puerta, conservando la estúpida esperanza de volver a verla entrar por ella en cualquier momento; pero eso no ocurría.

―Venga, le invito a uno.

Pere se volvió hacia Fermín que, por fin había dejado de reír, y le pidió dos combinados; éste obedeció, y a los pocos minutos los puso encima de la barra. Miquel giró poco a poco su taburete de nuevo hacia la barra, cogió su copa, y brindó con Pere, Fermín y el pescadero:

―A la salud de los ausentes.

―Y de los ausentes en vida ―añadió el pescadero con una elevada nostalgia en sus palabras.

Bebieron durante alrededor de una hora sin oírse los unos a los otros una sola palabra. Ni siquiera Fermín, que sufre una verborrea mental aguda, se dignó a pronunciar una sola sílaba.

―Bueno señores ―dijo por fin el pescadero levantándose de su taburete―, ya va siendo hora de que los viejos nos vayamos retirando. Cuídense de esa muchacha si pueden; presagio que les va a volver locos a ambos.

Desapareció por la puerta sintiendo clavadas en su nuca las miradas de Miquel y de Pere como si de cuchillos jamoneros se tratase. Pero no le dio importancia, como no se lo dan a nada viejos en general, ni los viejos muertos en vida, en particular.

Miquel se volvió hacia Pere que ahora lo miraba como se mira al extraño. Sin que pudiera decir nada que les reconfortara a ambos, el muchacho se levantó de golpe, cogió su chaqueta de la barra, y desapareció sin despedirse.

―Qué poca educación la de la juventud de hoy en día ―dijo Fermín ante la repentina marcha del muchacho. Esperó unos segundos la respuesta de Miquel, pero ésta no llegaba, y tuvo que llamar su atención con una tos un tanto forzada.

―¿Qué? Ah, sí. Todo muy extraño, ¿no? Un día el amor de mi vida está muerto, y al siguiente resucita con tres años menos, y un apuesto muchacho por novio. Es todo muy raro.

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Capítulo VIII

La mañana del diecisiete de abril de aquel angosto año, trajo consigo al pequeño piso del centro de Barcelona, un fétido olor a podredumbre, a cañería reventada, a fosa séptica rebosada, a depuradora con jornada de puertas abiertas, o a algo parecido a todo eso junto. Esa peste fue lo primero que Miquel percibió apenas abrió los ojos. Se levantó de la cama sin más abrigo que su propia piel, dispuesto a ir en busca de la fuente de aquel nauseabundo hedor. Cuando llegó a la ventana, descubrió que el olor venía de fuera, que era Barcelona la que había colado en el piso a aquel olor como se cuela un gorrón en una fiesta ajena.

Se acercó a la ventana un tanto atónito. Ni siquiera se acordaba cuándo se había roto el cristal; ni de cuánto llevaba roto. Bordeaba su trono ―una silla vieja y rodeada de colillas de cigarrillos apagados y cristales rotos, a la que tampoco recordaba haber dejado ahí― cuando un cristal le atravesó la planta del pie. Fue a mirarse la herida y descubrió que había centenares de heridas como esa aún por curar. Corrió como pudo al baño, se secó la sangre, se dio una ducha, se curó las heridas, se las vendó y enfundó sus pies en unas Converse que encontró en medio del salón. Barrió los trozos de cristal del suelo, limpió a conciencia el apartamento, llamó al cristalero para que viniera a ponerle un cristal a la ventana, y a eso de las cinco de la tarde, salió para el trabajo.

No fue hasta que regresó a casa, no fue hasta que se desnudó entero dejando piezas de ropa esparcidas por todo el apartamento, no fue hasta que llegó a aquella, ahora inmensa cama, cuando por fin recordó su ausencia. Se quedó unos instantes mirando al frío de su vacía cama; dio media vuelta, se volvió a vestir pieza por pieza hasta llegar a la puerta, la cerró tras de sí, y se perdió escaleras abajo. Cruzó la calle y se metió en el bar de enfrente del apartamento.

El ambiente estaba tranquilo. Tan tranquilo, que sólo encontró a Fermín, el eterno camarero, detrás de la barra; a Joan, el dueño de la pescadería de la esquina, fiel cliente del local y mejor amigo del Cardhu, sentado en un taburete, y a un apuesto muchacho que, apoyando un codo en una de las mesas del local, jugueteaba con un mechero como esperando a algo, o a alguien.

―Buenas noches señores ―dijo Miquel apenas entró por la puerta.

―Hombre. Benditos los ojos que te ven ―le respondió Fermín desde la barra sin dejar de repasar una copa con un trapo de un blanco impoluto.

El pescadero, en cambio, ni siquiera consiguió levantar la vista de su vaso. Se limitó a responder con un gruñido silenciado por un trago que resultó ser más amargo de lo esperado. Aquel señor vivía en una perenne tristeza que a Miquel siempre le produjo cierta compasión.

Bordeó Miquel al pescadero, no sin antes dedicarle una ligera palmadita en la espalda, y se sentó en uno de los taburetes que quedaban libres al otro lado de la barra. Se quedó unos instantes mirando fijamente al camarero que no dejaba de sonreírle:

―Don Fermín, póngame usted uno de eso que a usted le encanta y que ella aborrecía, que hoy le siento a usted mucho más cerca de mí, de lo que la siento a ella.

―Yo de ti no diría eso en voz muy alta ―le respondió Fermín sin borrar de su rostro una especie de maquiavélica sonrisa, mientras se giraba hacia donde se encontraba la coctelera.

Alguien en tiró de la cadena y el ruido de ésta hizo que Miquel se volviera automáticamente hacia el baño, y lo que de él vio salir, fue de lo más desconcertante que le había pasado jamás. No supo qué hacer: si correr lo más lejos posible, subirse a la azote más alta que encontrase y lanzarse al vacío, a ver si así, se despertaba de aquella pesadilla; si levantarse lentamente, acercarse a ella, y fundirse con ella en un eterno beso; si plantarse frente ella con toda la furia de la que disponía y exigirle las explicaciones que creía merecer, o si simplemente girarse hacia la barra e ignorar que para él, todas las mujeres del mundo se parecerán en cierta manera a Olga.

―¿Miquel? ―preguntó la chica que acaba de salir del baño apenas se cruzó con la atónita mirada de éste.

Si a Miquel le quedaba una pizca de asombro en el cuerpo, se le acababa de exteriorizar en un exagerado gesto de su mandíbula inferior, cayéndosele hacia abajo a su máxima capacidad.

Aquella hermosa figura, idéntica a Olga en todas sus facciones, no sólo le conocía a él, sino que tenía una voz mimética a la de Olga, y por ende, a la de aquella sensual sombre, que hacía apenas unos meses se pasaba por su puerta un par de veces por semana.

―¡Marta! ―continuó ella―. ¿No te acuerdas de mí?

Él negó con la cabeza sin alterar apenas su rostro.

Fermín ya había terminado de preparar aquel mejunje secreto que el primer día que Miquel y Olga entraron al bar, él les preparó. Seguía con esa maquiavélica sonrisa, expectante, como lo estaría el más grande de los amantes de las telenovelas latinas, mientras le servía a Miquel el combinado.

―¡La hermana pequeña de Olga! ―insistió ella una vez más esperando que así sí se acordara de ella―. Fui a verte al hospital tras el entierro de Olga. ¿Tampoco te acuerdas de eso?

Él volvió a negar con la cabeza; seguía atónito.

―¿Tampoco recuerdas mis insistentes visitas a tu puerta casi cada tarde, desde entonces, hasta hace más bien poco?

Esta vez no negó con la cabeza, pero no dijo absolutamente nada; no pudo. No pudo siquiera dejar de asombrarse de lo que estaba viendo; estaba viendo a Olga en carne y hueso, a Olga respirando, a Olga sonriendo, a Olga hablándole.

―¿Tampoco recuerdas verme, desde la silla que tienes frente a tu ventana, sentarme cada tarde en una de las mesas de este bar, y mirarte hasta cansarme?

―¿Eras tú?

―¡Eh, eh, eh! Perdona ―les interrumpió el muchacho que antes jugueteaba con el mechero, pero que desde hacía ya un buen rato, permanecía atento a todo lo que ocurría entre los ojos del uno y del otro―. ¿Qué estás diciendo, que estás enamorada de este tío?

―Tranquilízate Pere ―le intentó calmar ella con total serenidad―. No es lo que parece.

—¿h, no? ¿Y qué es entonces?

—Éste de aquí es Miquel —dijo señalándole y agachando en cierto modo la cabeza—, el novio de mi hermana

Se produjo un silencio de hielo en el bar, que ella misma se encargó de interrumpir a los pocos segundos.

―Quiero decir: era el novio de mi hermana, o es el novio de la que era mi hermana, o algo así; ya no sé cómo referirme a este tema…

―Hermanas ―consiguió articular Miquel al fin.

―Sí. Olga es mi hermana mayor; o lo era, o yo que sé… No sé muy bien de qué manera se habla de los muertos.

―Es ―le contestó Miquel―. Olga es mi novia y es tu hermana y lo seguirá siendo, por y para siempre.

Marta se quedó mirándolo por unos segundos a los ojos. Los tenía vidriosos, como llorosos, como cabreados, como disconformes con eso último que Miquel había dicho. Pero al final cedió;

―Supongo que tienes razón ―dijo al fin bajando poco a poco la mirada―. ¡Uy, perdonad. Que mal educada! Pere, este es Miquel; el apuesto muchacho del que mi difunta hermana se enamoró perdidamente, y al que nunca me quiso presentar. Supongo que tenía miedo de que se lo quitara. Miquel, este es Pere; un amigo, o algo así…

Otro silencio de unos pocos segundos reinó en el bar durante el cual, Pere, no le quitó de encima a Marta una especie de mirada acusadora. Pero finalmente le quitó importancia al asunto y se acercó a Miquel para estrecharle la mano mientras éste permanecía inmóvil en su asiento.

―Encantado de conocerte ―le dijo al llegar a él―. Siento lo de antes; han sido los nervios.

―Descuida ―le respondió Miquel sin apartar sus ojos de Marta.

―Bueno, nosotros nos tenemos que ir ya, que si no se nos hará muy tarde ―interrumpió Marta todo lo que Miquel le estaba intentando decir con la mirada.

―¿Pero qué dices? Si nos acaban de servir las bebidas ―le recriminó Pere.

―He dicho que nos vamos.

Se dirigió a la masa, recogió su chaqueta y su bolso, y guió sus pasos hacia la puerta. Se giró hacia Miquel; le encontró aún con los ojos clavados en ella. Luego hacia Pere; lo encontró con la misma cara de asombre.

―Yo me voy —dijo con cierta melancolía en la voz—. Tú puedes hacer lo que te venga en gana.

Tamborileó con las uñas en el marco de la puerta, y como un gato pardo en plena noche, se escabulló hacia la calle.

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Capítulo VII

Hacía ya tres meses que nadie le había visto el pelo. Algunos bromeaban de vez en cuando con que ya ni siquiera recordaban cómo era físicamente. Nadie sabía cómo estaba, a excepción del mirón del edificio de enfrente, que tantas y tantas noches había estado de guarda, esperando verles por fin amarse bajo las luces de las velas, siempre oculto tras de sus más que intuitivos prismáticos.

Un par de veces por semana, una voz femenina, mucho más que sensual, llamaba a su puerta. Repetía su nombre una docena de veces, y cuando se daba por vencida, hacía resonar sus tacones, enojosamente, escaleras abajo. Siempre se le dibujaba en la mente la sombra de su Olga alejándose de la puerta, y un instinto primitivo, desesperado y necio, le empujaba a levantarse de la silla y a salir corriendo detrás de aquel fantasma. Pero en última instancia, su razón vencía y le amarraba a su asiento.

Nunca fue capaz de mover ni un solo músculo durante los pocos minutos que duraba aquella, ya convertida en ritual, fantasmal visita. Cada vez que, desde su privilegiada posición —sentado en la silla de siempre; con los pies en el marco de la ventana, cuyos cristales seguían igual de esparcidos por doquier que el día que él los rompió de un grito; con un cigarro en la mano, e ignorando el mundo—, oía a la mujer de la voz sensual suplicarle que la deje pasar, alegando que sólo quiere saber de él, comprobar que se encuentra bien y que seguía vivo; él sólo podía dejar caer el cigarro al suelo, y permanecer petrificado y con la mirada perdida en otros tiempos, hasta que la inagotable paciencia de aquel fantasma, que a cualquiera costa pretendía penetrar en su vida, flaqueara y se partiera en tanto pedazos, como trozos de cristal había por los suelos.

“Es como tenerte de nuevo a mi lado” le confesaba a Olga desde su silla, cada vez que oía a la muchacha de voz sensual llamarlo desde detrás de la puerta. “Perdóname”, decía agachando la cabeza.

Desde aquella fatídica mañana, Miquel no había sido capaz de alterar ni una sola línea de su rutina. Cada mañana era el mismo ritual: era despertase sin desperezarse demasiado; era tropezar con el perfuma de ella que le invadía desde la almohada contigua; era buscarla con la mano, con los ojos cerrados y con el rostro sonriendo; era chocar de bruces con su ausencia; era dejarse envestir por el peor de los recuerdos, y era ahogarse en un mar de lágrimas que se lo llevaba de nuevo a un olvidadizo y ligero sueño, del que resurgía a los pocos minutos, con un poco de vida de menos, y un poco de pena de más.

Sus tardes no eran muy diferentes de sus mañanas: era por fin dignarse a abandonar la cama; era enfundarse en aquel viejo albornoz que Olga un día le regaló; era arrastrar su alma hasta le silla que él mismo llevó a esa privilegiada posición, el mismo día que salió del hospital; era pisar los cristales que inundaban el salón, para abrir con ellos sus heridas y así evitar olvidar, y eras esperar a que aquella sensual voz apareciera detrás de la puerta, repitiendo su nombre, para, en su compañía, vagar, aunque tan sólo fuera por unos más que finitos segundos, en el recuerdo de la ausencia.

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Capítulo VI

Se despertó de repente; se hacía tarde y lo sabía. Corriendo se cepilló los dientes, se arregló el pelo, y se refrescó el rostro. El olor a café recién hecho le llegaba desde el salón. Inspiró bien fuerte y sonrió; “todavía no se ha ido” pensó. Sacó la cabeza por la puerta del baño, y allí lo vio, frente al gran espejo de la entrada, peleándose con su corbata. Se acercó a él y, suavemente, le apartó las manos de ella y se hizo cargo de la situación. Mirándole fijamente a los ojos y dibujando en su rostro una luna crecente de oreja a oreja, dio un giro por aquí, ahora otro por aquí, ahora estiró de este extremo de la corbata, y quedó todo arreglado.

Dio dos mordiscos rápidos a una tostada con mermelada, un par de tragos a su café, un largo beso en los labios de él, y desapareció escaleras abajo. Él, sintiéndose más solo de lo normal, se acercó a la ventana para verla correr entre el gentío, dirigiendo sus pasos hacia la consulta del doctor Ramón. Vio cómo salía corriendo del portal, vio cómo se acercaba corriendo al paso de cebra, y vio cómo, sin mirar, se lanzaba corriendo a la calle.

Ella no lo vio venir, pero él, desde su dudosamente privilegiada posición, sí. Él sí lo vio acercarse a ella por la derecha a toda velocidad, y del grito que dio, el cristal de la ventana se partió en mil pedazos, y él casi se precipita al vacío detrás de ella, y en verdad, no le hubiera importado para nada. Pero ya era demasiada tarde y aquel camión ya había pasado por encima de ella, y la había dejado allí, tendido en medio del asfalto, sin ningún rastro de luz a sus ojos.

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