Capítulo V

Ella, como siempre que él cocinaba, reía estirada en el sofá ocupándolo casi en su totalidad. El olor a comida le llegaba a la nariz desde la cocina. Él, que ya había preparado la cena y estaba esperando que se enfriara, sentado donde terminaban las piernas de ella, con la guitarra entre las manos, le cantaba canciones de amor a su futuro hijo, mientras ella se reía de los dos.

“Está loco este hombre” pensaba para sus adentros; “está loco, y yo loca por él”. Y continúa riéndose de las locuras que aquel hombre era capaz de hacer por un hijo que aún no había conocido. “Es bonito” pensó ella. “Es bonito que aquel día en la estación no se subiera al tren; y es bonito que me aceptara aquel café; y es bonito que no se fuera al día siguiente; y es bonito que me preparara el desayuno aquella mañana; y es bonito que esté aquí, ahora mismo, al otro lado del sofá, cantándole canciones de amor a nuestro futuro hijo. Su presencia hace que vivir sea algo realmente mágico”.

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Capítulo IV

Abrió la puerta del apartamento intentando hacer el menor ruido posible. Avanzaba sigilosa buscándolo por todos los rincones de aquel pequeño piso del centro de Barcelona. Avanzaba con el compás de una bailarina de ballet hasta llegar al baño. Allí lo encontró, con el cuerpo mojado y desnudo, mirándose al espejo mientras sostenía en una mano una hoja de afeitar, y con la otra, sostenía en alto su larga melena. “Es extraño”, pensó, “pero cada día que pasa, deseo más a este extraño”.

Fue hacia él y lo abrazó por detrás.

―Ven conmigo ―le dijo, interrumpiendo su faena―. Ven conmigo, que tengo algo que contarte.

Lo arrastro de la mano hasta el sofá y lo hizo sentar justo en su centro. Se sentó encima de la pequeña mesita de salón, la que quedaba justo enfrente de él, y empezó su relato; desde el principio, desde primera hora de la mañana hasta hacía apenas un minuto, cuando había entrado por la puerto: qué había hecho, dónde había ido y con quién, y qué le había dicho el doctor Ramón.

―Ha ocurrido. Por fin ha pasado. Por fin estoy embarazada. Estoy esperando un hijo tuyo ―dijo mientras le sonreía.

Él la miró en silencio. La miró con una mirada que quemaba; como con fuego en las pupilas. Su corazón indomable, parecía invadido por una ligera taquicardia; latía deprisa y fuerte, moviendo a placer su desnudo y firme pecho. “El miedo. El miedo y la incerteza” pensó ella.

Pero no. No era nada de eso; no era ni miedo ni incerteza. Los latidos del corazón eran de felicidad y el fuego en los ojos se convirtió, en una milésima de segundo, en agua salada que le resbalaba por las mejillas. Dejó caer suavemente su cabeza mientras lloraba, y las largas piernas de ella amortiguaron su caída. Y allí se quedaron los dos, inundados por el goteo de su propia felicidad; el resto del mundo desapareció.

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Capítulo III

Ríe. Ella ríe y él sonríe. Ella lee una revista estirada en el sofá mientras él pela zanahorias y prepara la cena. Ella da un trago a su copa de vino sin quitarle los ojos de encima a la revista y vuelve a reír y casi se atraganta de la risa y dibuja una escena graciosa, y él, desde la cocina, la mira y la ve allí, sentada en el sofá con los dos pies apoyados en la pequeña mesita de en medio del salón y el rostro oculto detrás de aquellos papeles, y se sonríe de felicidad. Ella intuye su mirada desde su posición y vuelve a reír. Ella ríe y él sonríe conscientes ambos de haberse encontrado el uno al otro por fin.

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Capítulo II

―¿Cómo lo supiste? ―le preguntó ella desde la puerta.

―Los soñé ―contestó él acercándose a ella, desnudo como lo había estado toda la noche anterior―. He soñado con ellos cada noche de mi vida desde que tengo uso de razón. Los he soñado una y otra vez. Ya sabía de qué color eran mucho antes de conocerte. Te los había visto. Te los había visto tantas veces, que sabía que el día que me mirarías con ellos, sabría que te había encontrado. Me enamoré de tus ojos mucho antes de enamorarme de ninguna otra cosa de las que hoy en día me considero enamorado.

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Capítulo I

―Despierta ―le dijo desde el otro lado de la cama―. Despierta, que te he hecho el desayuno.

Ella se giró y el rojo de sus ojos confesó que había estado llorando. Había llorado porque al despertarse y darse de bruces contra el hielo del otro lado de la cama, se había asustado; creía que Miquel la había abandonado. No se imaginaba para nada, que él no la dejaría escapar jamás. Y entonces, mirándolo desde su postura de musa, postrada en la cama y dejando a la vista su más absoluta desnudez, dejó caer, involuntariamente, un par de lágrimas acompañadas de una bonita sonrisa. Esas lágrimas, a diferencia de las de esa mañana, eran de verdadera felicidad.

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