Hijas del patriarcado

Nosotros somos cincos; ellas cuatro. De nosotros tres son los benjamines y aún no tienen ni voz ni voto. Es más: son los recaderos, los correveidile, los juguetes, los cojines o cualquier otra cosa que nosotros queramos que sean. El resto somos mi hermano y yo: el blanco y el negro, el día y la noche, la autoridad y el refugio, el patriarca y el repatriado. Claro, tiene su lógica cuando se sabe que él es el hermano militar quince días cada cuatro meses y el hermano obrero el resto del año, quien trae el pan a casa, quien dicta las normas, quien mea las esquinas para marcar el territorio; mientras yo soy aquel hermano al que nunca se ve, al que no se le pide nada porque nunca tiene nada que dar, el que, en cierto modo, tampoco tiene ni voz ni voto en esto al que llamamos familia.

La libertad enamora

Yo era el más canijo; siempre el más fuerte. Ella era la más pequeña; siempre la más valiente. Se vestía siempre acorde con su humor, se vestía siempre alegre. Verde. Decía que no era su color, pero que era el color que más le hacía sonreír. Pantalones de pitillo, camisetas ceñidas, ideas libres y siempre sin sujetador. Yo bromeaba, babeaba; siempre tras sus huesos. «Se te ven los pezones» decía yo, «Vuelve a decir eso y te corto los cojones» respondía ella. Y acto seguido estallaba en una carcajada infinita. Yo miraba y sonreía; ella fumaba tabaco de liar.
Jamás regalaba un beso por compasión; jamás mentía por complacer. Si reía era sincera y si callaba lo era aún más. Salía todas las noches. Decía sentirse más libre. «¿Y no tienes miedo?» le preguntaba la camarera del bar donde íbamos siempre. «Nadie tiene más cojones que yo» respondía. Cogía su copa, se la terminaba de un trago y me miraba sonriendo. «Mira que eres feo, canijo», «mira que eres basta, diablo». Y en algo tenía ella razón: siempre fui un canijo; y en algo tenía yo razón: ella siempre fue un diablo.
Un día desapareció. La llamé al móvil; ni rastro. La llamé al timbre; ni una señal. La llamé a pleno pulmón y casi me quedé sin aliento.

Déjenme crecer

Primero vinieron las pesadillas. Uno nunca llega a ser del todo consciente de cuán adentro suyo se habían calado las ganas de libertad como cuando hasta sus sueños se lo dictan. Llegaron las noches en vela temiendo soñar, los días de angustia temiendo dormir, las lágrimas en silencio, la sensación de vacío, el calor que asfixia y el hambre que aprieta. Y uno ahí. ¿Dónde si no? No había más lugares en el mundo. O al menos, no habíamos visto lugar alguno que defiriese en lo más mínimo de aquel desierto.
Luego empezaron los respiros de dos meses: nuevos amigos, nuevos compañeros de aventuras que se desvanecían llegado el quince de septiembre tan rápidamente como el calor y el polvo rojo iban nublando los recuerdos, borrándolos o simplemente sustituyéndolos por una nostalgia sinuosa que destroza cualquier infancia.

Mi Sant Jordi

Cuenta la leyenda que en un bosque cercano a un reino injusto vivía dos amigos: el uno se llamaba Jordi, el otro era un dragón. Se divertían incendiando las cercanías del reino, asediando a su villano rey, intentando que repartiera justicia y riquezas entre su plebe. Pero éste nunca cedía.
Un buen día y, a cambio del cese de sus travesuras —supusieron ellos—, el rey les envió dos corderos: uno y mitad para el dragón; mitad para el caballero.
Así siguió su rifirrafe con el rey hasta que un buen día, en lugar de dos corderos, llegó un cordero y un niño de nueve años. Estupefactos ambos dos, primero lloraron, luego rieron y al final se repartieron el cordero entre los tres.
Al mes siguiente llegó otro niño y al siguiente una anciana y al siguiente un hombre mayor… y un buen día llegó la hija del rey.
Sentados todos alrededor de una pequeña hoguera idearon un plan maestro para derrotar al rey. En dicho plan, Jordi derrotaba al dragón, el dragón sangraba flores, las flores se le regalaban a la princesa, la princesa se enamoraba de Jordi, el rey recompensaba a Jordi por su valentía regalándole todas sus posesiones, Jordi las repartía entre el pueblo, y el pueblo elegía democráticamente a sus representantes.
Y hasta aquí mi particular visión de Sant Jordi.

Sant Jordi

Una ciudad burbujeante; calles repletas de gente, esquinas oliendo a rosas frescas, y el aroma de los libro recién estrenados, que invadía las fosas nasales de todos los que, por doquier, paseaban con una media luna dibujada en el rostro.
Jovencitas con flores; jovencitos con libros. Jovencitas con muchas flores —me pregunto cuántos libros habrán regalado sentidamente—; y jovencitos sin ningún libro. Señoras con flores; señores con libros. Señoras con flores; señores sin libros, que, colgados de los brazos de sus mujeres, piensan que ya son ellas “bastante libro por leer aún”. Señoras sin flores, que supongo piensan “él es mi flor”; señores con libros que no leerán nunca.
Un Oliver Twist, tan desarropado como el descrito en su momento entre las páginas de Charles Dickens, merodea por los alrededores de un Másquefrutes. Mira a ambos lados en los que no ve peligro alguno. Busca con disimulo los ojos del tendero, mientras éste, haciendo como que no le ve, mira de reojo al malhechor sin fruncir demasiado el ceño. “Twist”, ignorando por completo la ahora atenta mirada del frutero, coge “prestada” una manzana y desaparece de la vista de todos. El frutero por su parte, lejos de salir corriendo tras el lazarillo, niega con la cabeza casi con una sonrisa, y sigue con sus quehaceres.
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