Desarrollo espontáneo y mezquindad inherente

Para cuando vinieron a por mí, ya no quedaba nadie que pudiera decir nada

Las espaldas del mundo son horrendas: tienen cara de perro atropellado; huelen a sudor de esclavo; saben a veneno cruelmente suministrado; y duelen tanto o más que los clavos del mayor incomprendido de esta bruta historia nuestra.
Cuando el mundo decide sacar a relucir sus espaldas lo hace con el mayor regocijo, desprecio e insensibilidad que es capaz de mostrar. Pero no es el mundo en sí, pues ni éste sólo somos los humanos, ni somos su obligo. No, no es el mundo; es tan sólo el ser humano el que da la espalda. Da la espalda a cuanto debería amar, respetar o incluso venerar: a la madre tierra de la que come y bebe; a los demás inquilinos de ésta, pues son su alimento, y a sí mismo —mejor dicho, a su prójimo, porque el amor a sí mismo es infinito, tanto es, que no deja espacio en el alma para el amor fraternal—.
Este amor propio pero no al prójimo, lo hemos visto manifestarse de mil maneras a lo largo del —al fin y al cabo— breve paso del hombre por la tierra: guerras tribales, de clanes, de religión, de ocupación… y hasta guerras con el único propósito de imponer un sistema socioeconómico a nivel global. En estas guerras siempre ha habido dos bandos enfrentados —en ocasiones más de dos—, y mucho otros supuestamente ajenos a la disputa. Pero, ¿se puede ser ajeno a la desigualdad, al abuso de poder, a la aniquilación indiscriminada del igual? Definitivamente no: se toma parte del conflicto no tomando parte del mismo, pues es así como se tolera la aniquilación del más débil a mano del más fuerte. Como dijo el pastor alemán Martin Niemoller:
“Primero vinieron a buscar a los comunistas
y no dije nada porque yo no era comunista.
Luego vinieron por los judíos
y no dije nada porque yo no era judío.
Luego vinieron por los sindicalistas
y no dije nada porque yo no era sindicalista.
Luego vinieron por los católicos
y no dije nada porque yo era protestante.
Luego vinieron por los periodistas,
y yo me quedé callado:
no me interesaba enterarme de nada.
Luego vinieron por los homosexuales
y yo ni siquiera quise enterarme,
pues soy heterosexual.
Luego vinieron por mí
pero para entonces
ya no quedaba nadie que pudiera decir nada”.
Esta actitud pasiva frente al dolor ajeno, nos deshumaniza muchísimo más de lo que nos pudo haber humanizado el desarrollo de nuestra corteza cerebral, supuesto impulsor de nuestra “inteligencia superior”.
Nadie hizo nada por los negros hasta que los negros decidieron luchar por ser considerados “hombres”; nadie hizo nada por los herejes hasta que éstos decidieron convertir la religión en herejía; nadie hizo nada por los judíos hasta que los nazis casi los convirtieron en “especie extinta”; nadie hace nada —a día de hoy, que es lo más grave— por los palestinos, a dos muertos de la aniquilación total a manos de los mismos judíos que estuvieron a las mismas dos muertes de desaparecer, y nadie hace nada —caso igual de grave que el anterior— por los miles de ciudadanos españoles que cada día son reprimidos, perseguidos, torturados, desaparecidos, encarcelados o detenidos arbitrariamente, y finalmente enterrados en fosas comunes en mitad del desierto. Digo ciudadanos españoles, porque a toda entender aún lo son, pues no se les ha concedido la independencia total, y ellos mismos no reconocen la autoría de su nuevo “amo” Hassan II.
Veréis, allá por el 1991, tras la encarnizada guerra entre milicianos beduinos saharauis y un ejército armado y entrenado por EE.UU y Francia, vino la consecuencia de toda guerra: muertos, mutilados, heridos, desaparecidos, huérfanos —de padres y de hijos— y desplazados o refugiados. Conscientes los saharauis de la que les venía encima, decidieron huir a Argelia y establecer ahí su campamento estratégico, un campamento que sigue en pie a día de hoy ya convertido en campamento de refugiados. Cosa que hizo que el pueblo quedara dividido en dos, no solo en cuanto a sus gentes —algunos huyeron a Argelia y otros se quedaron en el Sahara occidental— sino literalmente: Hassan II mandó construir un muro de 2720km de norte a sur, y minarlo hasta la saciedad para que nadie pudiera acercarse a él sin volar por los aires.
Los que se quedaron viven bajo un régimen de represión y persecución política que lleva intentando aniquilar sus anhelos independentistas del fin de la guerra hasta el día de hoy; los que huyeron malviven en mitad de la tierra más árida del planeta, alimentándose con las sobras de occidente (las asociación de ayuda al pueblo saharaui organizan caravanas cada año para llevar alimentos hasta los campamentos de refugiados). Pero, imaginémonos qué hubiera pasado si la vecina Argelia —y en menor medida, también Mauritania— le hubieran negado el estatus de refugiado al pueblo saharaui. Sólo hay, a mi parecer, dos escenarios posibles: la aniquilación total de un pueblo por parte del otro con la complicidad de la comunidad internacional, o su represión hasta arrancarle del alma cualquier referencia posible a la independencia (que es exactamente lo que Marruecos hace con la mitad que se quedó en el Sahara; y lo mismo que Israel hace con los pocos palestinos que resisten en la franja de Gaza). Ahora imaginaros que los mejicanos en lugar de hacer todo lo posible por recibir y acoger a los 25.000 españoles republicanos que huyeron tras la guerra civil, hubieran cerrado sus fronteras y los hubieran dejado morirse en el mar. ¿No os recuerda a nada ninguna de estas situaciones? Sí; los tiempos no cambian, sólo corren, y en su carrera el hombre sigue siendo igual de mezquino.
Argelia, un país con 2.4 millones de kilómetros cuadrados y para entonces recién salido de su guerra de la independencia, acogió a 165.000 refugiados saharauis; Mauritania, con 1 millón de kilómetros cuadrados y unas condiciones muy similares a las argelinas, acogió a otros 26.000; Méjico, con 2 millones de kilómetros cuadrados, acogió a 25.000 refugiados españoles, y Europa, referente de la sociedad occidental, compuesta por veintisiete gobiernos diferentes y 10.5 millones de kilómetros cuadrados, se niega a repartirse alrededor de 200.000 refugiados sirios que huyen de una guerra que propiciaron los mismos gobiernos que ahora cierran a cal y canto sus fronteras alegando “acabaremos siendo minoría en nuestro propio país”.
No sólo es mezquina y rastrera la actitud de la Nueva Europa derechista, sino que es inhumana y deleznable, pues antepone la vida de un humano —mi votante conservador y xenófobo— a la de otro que recorre sin agua ni comida miles de kilómetros huyendo de un infierno cuyas brasas animó la Europa que ondeaba la bandera de la igualdad y la libertad en todo el mundo. Pero, la culpa no es toda de Europa —quien definitivamente no tienen ninguna culpa son los mismos sirios que huyen de la guerra—, también tiene parte de la culpa la grandes potencias árabes, que cierran aún más férreamente sus fronteras a sus hermanos sirios dejándoles morir en vano.
Este mundo terminará consigo mismo si no empieza a preocuparse por su prójimo; su igual. No puede seguir dándole la espalda a los problemas ajenos porque tarde o temprano se volverán contra él. La historia nos ha demostrado que cualquier pasividad frente a problemas humanitarios, como declararse imparcial en una guerra que no es guerra sino genocidio, se vuelve tarde o temprano en contra de nosotros mismos. Bueno pues, sabiendo eso, debemos ser conscientes de que no les estamos haciendo honor alguno al desarrollo espontáneo de nuestra corteza cerebral, todo lo contrario: estamos retrocediendo en la escala evolutiva y poniendo nuestra especie al borde de la extinción.
Publicado en la revista social Espineta amb Caragolins

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