La transición saharaui

¿Qué habrá tras la muerte del líder de la resistencia saharaui?

La sociedad saharaui está antes un momento histórico: su particular «transición». Visto desde cualquier perspectiva, es un punto clave para el transcurso de su historia: es la primera vez que la República Árabe Saharaui Democrática (RASD) pierde un presidente; es la primera vez —y quizás única, en las décadas venideras— que se le plantea la posibilidad de un cambio estructural en lo que concierne a su política exterior, y es, creo yo, un gran momento para replantearse objetivos, analizar logros, valorar la situación de su porvenir y proponer soluciones factibles.
Las opciones para la resolución del conflicto saharaui pasan todas, sí o sí, por manos de la otra parte implicada: el sillón real de Mohamed VI. Y, por lo que se puede inferir de sus acciones desde el principio de la disputa hasta el día de hoy, no va a ofrecer ninguna solución amigable. Al menos ninguna que le haga parecer débil ante sus aliados internacionales ni ante sus súbditos, aquellos a los que tanto emocionó y movilizó allá por el año 74, con aquella magnífica estrategia militar mal llamada «marcha verde».
Identificada la variable independientes, nos queda aún la esperanza de la variable dependiente (valga la metáfora para expresar la realidad). ¿Qué hará el pueblo saharaui para esclarecer su futuro? Perdón: ¿Qué hará el Frente Polisario (FP) para tomar ventaja frente al inmovilismo de sus enemigos? En mi opinión tiene varias salidas, como en toda transición, pero, por supuesto, no todas son igual de fáciles.
Los cambios llegan para bien o para mal, pero siempre llegan porque «el rió nunca repite aguas». Y esa, la opción de que brinda la naturaleza, será la que, según mi opinión, cuente con más posibilidades. Pero como conlleva mayor esfuerzo la relegaremos al final del análisis y empezaremos con la que supone menos número de quebraderos de cabeza. La opción más fácil, a priori, es la de un inmovilismo simétrico al de la monarquía marroquí: cambiamos de chaqueta pero seguimos con la misma piel. «A rey muerto rey puesto». Exacta y literalmente lo que hizo Marruecos con la muerte de su anterior rey: poner a otro. Pero esto que trae menos dolores de cabeza, aparentemente, no es para nada una solución, sino un simple parche; un «ir tirando» a ver qué pasa.
Lamentablemente, todo indica que esta será la opción por la que se decantará “toda una nación”. O al menos sí su gobierno.
La otra opción, más desesperada desde luego: llena de incertidumbre, caminos sin expugnar, esperanzas sin pilares del todo estables, a priori, pero que, vista con detenimiento, es la única solución viable, pasa por nuevos aires. ¿De qué nuevos aires podemos estar hablando en un país que, aparentemente, canta con la misma voz? Ay, amigo, ahí está el secreto.
Enseguida volveremos a los «nuevos aires». Pero antes, permítame que le plantee la situación inicial y su punto actual.
Una nación abandonada, ignorada, masacrada y expulsada de su propia tierra, desde luego lo ha perdido todo. Y lo único que puede conservar, y no con demasiado orgullo, es la esperanza. La esperanza no es solo un recurso emotivo; es un motor real, tan real que casi puede considerarse tangible. Es la que les ha permitido a los saharauis resistir las tormentas de arena, las lluvias torrenciales, los cincuenta grados a la sombra de cada día del verano de los últimos cuarenta años. ¿Cómo se queda?
Pero, por muy motivadora y estimulante que sea la esperanza de un pueblo, no es para nada suficiente para su supervivencia. Sobrevivir (restando del concepto de supervivencia la tendencia natural del ser humano a perdurar, en general, y la resistencia de las tribus beduinas a condiciones tan adversas, en particular) requiere, por parte del organismo interesado en ello, de una continua adaptación a las cambiantes condiciones ambientales (o sociales). En el caso de todos aquellos que entre cuchicheos y reuniones clandestinas impulsaron una revolución, primero contra una potencia europea venida a menos, y después contra sus vecinos avariciosos, esta adaptación pasaba por mantener la mente fría. Solo así se explica cómo una resistencia arraigada en el lugar más inhóspito de la tierra haya podido sobrevivir a éste y, además, a las amenazas externas a él.
Eran jóvenes, inconformistas y educados; sobre todo eso último. Y era ahí donde residía su éxito, en que no solo estaban cabreados, sino que su cabreo lo alentaba su conocimiento. «La educación es el arma más poderosa de una sociedad». Sabían que era su mayor arma y se encargaron de mimarla, cambiarle la arena cada tanto en tanto, regala a diario y verla florecer en cada nueva hornada de juventud saharaui.
Al establecer su «temporal» hogar en Tindouf, se apresuraron a establecer convenios con la mayoría de los países del mundo que para aquel entonces se solidarizaron con su causa, en los que solo les pedían que educaran a sus cachorros. «Nos da igual en qué sistema político o económico, pero educarlos, al menos, para que sepan razonar por sí solos».
Bueno, pues ha llegado el momento de recoger los frutos de las semillas que se plantaron hace ya más de treinta años. Una transición como esta es el mejor momento para dar paso al futuro.
Miles de jóvenes: abogados curtidos en derecho internacional, derecho civil, derecho mercantil, formados en las mejores universidades de toda Europa; médico salidos todos ellos de uno de los mejores sistema sanitario del mundo, el cubano; politólogos que han mamado hasta el hartazgo de las últimas primaveras del mundo entero; economistas: comunistas, socialdemócratas o neoliberales, qué más da (bueno, no más da, pero para el caso); jueces cuya única religión son la igualdad, la libertad y la justicia; periodistas metomentodo multifuncionales, capaces de acercar el mundo entero a la población con tan solo cuatro clics de sus smartphones; diplomáticos comecocos capaces de hacerle cambiar de opinión al mismísimo Mohamed VI; educadores sociales; profesores; lingüistas…
¿Qué más se le puede pedir a esta generación para que se le considere el candidato perfecto para arrojar luz sobre el futuro? Más preparados que nunca, más revulsivos que nunca, más inconformistas que nunca, más conscientes de quienes son que nunca.
«La generación perdida» decían todos que eran por dejarse llevar con facilidad por las costumbre de las sociedades donde se han educado. Pero no se equivoque, amigo: son una masa dormid que solo necesita encontrar las formas para burlar al patriarcado para tomar el poder de su futuro.
Sinceramente, creo que debería ser ese mismo patriarcado —al fin y al cabo es él mismo quien les ha llevado a esta situación— quien diera un paso a un lado y presentara sus cachorros al mundo como su proyecto más ambicioso, su esperanza vuelta carne, huesos y sesos. Pero, en el caso de que el patriarcado no se diera por aludido, sinceramente creo que debería ser esa misma juventud —al fin y al cabo aceptó ser parte de este juego— quien intentara liberar de la carga de la independencia a sus maestros. Solo así podrán enfrentarse a la historia como verdaderos revolucionarios, y dejar en ella sus huellas.
P.D: Hay que recordad que la historia ya guarda un privilegiado lugar para Mohamed Abdelaziz, El-Waly Mustafa… Pero, a vosotros, jóvenes saharauis, ¿qué os reserva la historia? De momento, y siento ser yo quien os lo diga, os guarda «una forme condena al olvido, sin posibilidad de apelación ni libertad bajo fianza».

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Volver arriba