Cuando la bendición se vuelve catástrofe

Las lluvias en Sáhara: una navaja de doble filo

Hay territorios que lloran poco. Como las personas, hay parcelas de este continente que no son muy dadas a lloriquear o a quejarse de su lastimoso estado. Son trocitos del planeta con el corazón de piedra, aunque sienten como el que más como la vida les pasa por los costados sin pararse siquiera a mirarles a los ojos. Es, por ejemplo, el caso de los desiertos donde la vida o se da en condiciones extremas o simplemente no se da. ¿Y qué hacen estas regiones? Absolutamente nada. La televisión no se hace eco de las catástrofes naturales que las asolan porque éstas nunca se han quejado de prácticamente nada. ¿La radio? La radio agoniza tanto o más que los propios desiertos. ¿Diarios y revistas? Su interés por informar llega donde llega el interés económico de sus accionistas; y os aseguro que en el desierto no se les ha perdido absolutamente nada.
Cuando uno de estos lugares, por la casualidad que sea, llega a albergar vida, ésta pasa a ser de segundo a o tercera —y si se me apura; de última— categoría, recibiendo una importancia mínima. Esto es: si por esa misma casualidad, esta vida se viera amenazada por cualquier catástrofe —natural o no—, su eco, y por ende, la movilización de medios para rescatarla del peligro, es tan escasa que no llega siquiera a ser perceptible.
El desierto del Sáhara es famoso por ser uno de los lugares más áridos del planeta. Lo es tanto, que se ha dado por hecho que ahí nunca ha llovido y nunca lo hará. Lo que se ignora es que como en cualquier otro rincón de la Tierra, si se dan las condiciones necesarias, el vapor de agua del ambiente se condensa, se forman las nubes y el agua cae del cielo por su propio peso. Así tal cual, por mucho que nuestro presidente diga que “el agua cae del cielo sin que nadie sepa el por qué”.
La semana pasada esas condiciones necesarias para que la lluvia tenga lugar coincidieron todas en el desierto, concretamente en la zona este de Argelia; con más precisión, en el amplio territorio que este país tiene cedido a los refugiados saharauis. Fueron tan buenas las condiciones, que lo que empezó siendo una bendición, acabó siendo una verdadera catástrofe. La dureza de la tierra impide una inmediata absorción del agua, lo que deriva en la formación de ríos que se llevan por delante todo a su paso. Eso, sumado a que las viviendo construidas en el lugar se hacen con adobe, nos puede dar una idea de cuál fue el resultado final.
Por suerte, no se ha hablado de muerto ni de ningún desaparecido hasta la fecha; sí de unas pocas decenas de heridos. Pero lo que las lluvias no se han llevado en pérdidas humanas, se lo han llevado en pérdidas materiales en un lugar donde no hay absoluta-mente nada.
Publicado en la revista Espineta amb Caragolins

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