La venta del Sáhara

Todo cuanto se urdió en la venta del Sáhara Occidental con nocturnidad y alevosía

¿Hablamos de memoria histórica? ¡Hablemos!
No hay pecado (ni el más capital de ellos) mayor que el olvido. Porque olvidar es repetir, y repetir es no evolucionar y la no evolución de un organismo —entiéndase evolución en el sentido más darwiniano posible— conduce directamente a su extinción. Alguien dijo una vez que el hombre era el único animal capaz de tropezar dos veces con la misma piedra. Bien, pues esto en parte es mentira y en parte es verdad. Es mentira en cuanto a que no es el único animal que tropieza dos veces —y mil si es necesario— con el mismo obstáculo; y es verdad en cuanto a que ha quedado más que patente que el ser humano está condenado a repetir la misma historia tantas veces como le sea necesaria para grabársela en la piel con la sangre de sus iguales.
Cuando, el 10 de diciembre de 1898, se firmó el acuerdo de París, en el que se le otorgaba a Cuba su independencia —siempre bajo las presiones estadounidenses—, el Impero Español, perennemente fiel a su mezquindad, mostró a la historia su rostro más cruel vendiendo el resto de sus posesiones en Oceanía (Islas Marianas, Carolinas y Palaos) al Imperio Germano, bajo el pretexto de no poder defenderlas del enemigo, al ser destruida por los norteamericanos la mayor parte de su flota marina. ¿Que cuál era la alternativa? ¿Qué tal otorgarle la independencia sin condición alguna a cada uno de esos territorios? No; esa idea no entraba en los planes de ninguna potencia mundial de aquel entonces, y a día de hoy, sigue doliendo a más de un nieto de los grandes de España. Y puesto que actualmente —siempre bajo la mas-careta de neoliberales— gobierna la misma sangre de entonces, las cosas se siguen haciendo de igual manera, y los errores fatales del pasado, se siguen repitiendo sistemáticamente.
Es el caso, sin ir más lejos, de la última colonia española, la Provincia 53: El Sahara Español. Fue un territorio próspero, a pesar de no ser más que un desierto, en cuanto a la explotación de minerales, pues posee la segunda mina de fosfato más grande del mundo; en cuanto a patio de colegio para generales sin oficio y militares sin beneficio —los militares destinados al Sáhara percibían un remuneración mucho mayor que sus compañeros de la península—; en cuanto a casa de campo del Generalísimo: fue su niña bonita, la perla de sus ojos, su posesión más preciada, y hasta sus último días, descartó por completo la idea de una España sin el Sahara.
Pero Franco, agonizante como estaba, no podía controlar a todos sus cachorros —como ya he di-cho: nietos de los grandes de España y fieles a la mezquindad imperial—, que, a sus espaldas, danzaban a su aire, vendiendo este trozo a este gobierno y aquel trozo a ese otro gobierno, y al pueblo saharaui, que vislumbraba incrédulo todo aquel vergonzoso espectáculo, “que le zurzan”. Y así fue cómo, mientras Franco exhalaba su último aliento; los militares españoles se lamentaban; Pedro Cortina, ministro de exteriores, y defensor férreo de la autodeterminación de los saharauis, era ninguneado; el pueblo saharaui se indignaba y en secreto armaba una milicia; Jaime De Piniés —para aquel entonces embajador español en la ONU— corría desbocado de un despacho a otro intentando dar con la solución que mayor beneficio le aportara a todas las partes implicada, pero sobre todo, al pueblo saharaui, los buitres ya se habían hecho con la presa y se la estaban repartiendo cacho a cacho con una desfachatez sin preceden-tes, en las narices de la comunidad internacional.
Final orquestado.
El gobierno español en una situación delicada dado la posible revuelta social tras la muerte de Franco y obligado a mantener su promesa de celebrar un referéndum para dar voz a los deseos del pueblo saharaui; la monarquía marroquí asentada en su empeño de que el Sáhara es suyo; un gobierno mauritano sin convicciones; el argelino que, embriagado de la verborrea de Hassan II, acabó avalando la operativa de éste, y dos potencias mundiales con intereses más que obvios en el nuevo territorio a “liberar” —Francia y Estados Unidos—, acabaron propiciando el desastre que todos temían, pero que nadie movió ni un dedo por evitar. Aquí fue donde entró en juego la más que reconocida, y admirable a su vez, capacidad diplomática del entonces secretario de estado americano, Henry Kissinger, quien movió los hilos, cables, o maromas, necesarios para entregar en bandeja el Sáhara a Hassan II. Pero esta vez, lejos de los despachos oficiales, de las fotos de familia, de los apretones de manos, etc., todo se organizó en la más clandestina y deplorable oscuridad, traicionando un pueblo que tenía —y tiene— todo el derecho a la autodeterminación.
Hassan II ordenó el inicio de la llamada Marcha verde; una marcha que se suponía pacífica y llevada a cabo por civiles, pero que degeneró en una invasión militar en toda regla, con sus palizas, saqueos, violaciones, asesinatos y, como guinda del pastel, bombardeos con napalm blanco en los aledaños de la frontera con Argelia, cuando la población civil puso los pies en polvorosa anteponiendo su vida a su causa.
¿Y mientras tanto, qué hacían los militares españoles ahí destinados? Poco les dejaron hacer. Algunos: llorar de vergüenza e impotencia ante las órdenes recibidas de abandonar inmediatamente el territorio saharaui; otro: armarse con valor y fusiles, desobedecer tales órdenes y unirse a los rebeldes saharauis recién organizados.
Esos valientes, junto con muchos otros llegados de todas partes —como ya hicieron en el ’45 hombre justos y de su mismo calibre para liberar a Francia e Italia del fascismo— lucharon codo con codo con una panda de nómadas sin formación militar alguna, para impedir un injusto cambio de amo sin consulta alguna al esclavo.
Pero, desgraciadamente, y a diferencia de aquel glorioso año 45, su lucha quedó en nada; o peor aún, recluida en la región más árida del planeta, separada de su tierra por un muro minado, durante cuarenta años; cuarenta años de vergüenza nacional.
Esta es la ignominiosa historia que protagonizaron cuatro mafiosos, retoños de un régimen agonizante —con muchos cómplices internacionales—, que vendieron su última posesión colonial a un enemigo implacable, que a día de hoy, sigue torturando, reprimiendo y enterrando en fosas comunes, a ciudadanos españoles, con la cómplice mirada de cada gobierno democrático español que ha pasado por las instituciones desde el 78 hasta el día de hoy.
Publicado en la revista social Espineta amb Caragolins

1 comentario

  1. […] que se fraguó aquella fría noche de noviembre sigue teniendo efectos devastado a día de hoy. Para algunos. Guerra, exilio, muerte, hambruna y […]

    Responder

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Volver arriba