Digamos que crecí

Digamos que no fui
el niño más santo que había en el poblado.
Digamos que mi madre
tuvo que aprender mil maneras de torearme.
Digamos que no memoricé
tres millones de palabrotas en vano.
Digamos que nadie supo
soñar más alto que yo.
Digamos que nadie, en aquel aséptico desierto,
se cosió unas alas como las mías.

Digamos que aprendí
a correr para coger impulso y volar.
Digamos que ningún hijo de vecino
me supo parar los pies.
Digamos que sonreí
al alejarme de ahí; incluso reí.
Digamos que tuve más anhelos de libertad
que amor derroché en mi entorno.
Digamos que todo lo que dije e hice
no fue más que un prólogo
de lo que iba a venir después: la libertad.
Digamos que me alejé de ahí,
que aprendía a leer,
que follé hasta reventar,
que viajé hasta acabar sin pasta,
y que dormí en rincones frío y húmedos.
Digamos que crecí y que no tengo intención alguna
de volver a pisar esa mierda de lugar.

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