Día I

Las pestañas por cuchillas
no dejaban hablar al silencio.
Las sonrisas por desaires
ningunearon la fuerza.
Dedos gordos y sebosos
acallaron labios preciosos.
Lobos de tupé y gafas de sol,
amos de exitosas improntas,
domadores de las cimas sociales,
que hacen de la vida su gallinero,
del resto de lobos su manada,
y de su opinión dogma.

Poseedores de la única verdad
que sin embargo jamás liberarán.
Son los “normales”,
mediocres incapaces
de amar la belleza de lo extraño.
Son los que heredarán las tierras y los cielos,
son las arpías de apariencia humano:
son leones a la luz de día
y escorpiones en las tinieblas.
Y luego está ella.
Ella que desplegó las alas a cien metros del mar.
Ella que burló los oscuros del alba de su vida.
Ella que se enamoró de la sincera alegría de las olas.
Ella que en la juguetona arena encontró la paz.
Ella que en los leones de ir por casa
encontró toda la ternura del mundo,
ella que en los lobos de mear esquinas
conoció la verdadera fidelidad,
ella que en las águilas de mil colores
escuchó su nombre en eco
resonar con infinita ternura.
Ella.
Ella vio su reflejo relucir cien veces
más nítido, más sincero, más amado,
en los ojos de extraños animales
que en los de los extraños que la rodeaban.
¡Esos sí eran unos animales!
¿Y qué hay de mí?
Bueno, yo soy extraño
y amo lo extraño
y por muy extraño que suene
su extraña forma de ser
me resulta más natural,
más terrenal
más humana,
que todo cuanto me ofrecen
los lobos de tupé y gafas de sol.

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