Capítulo VII

Hacía ya tres meses que nadie le había visto el pelo. Algunos bromeaban de vez en cuando con que ya ni siquiera recordaban cómo era físicamente. Nadie sabía cómo estaba, a excepción del mirón del edificio de enfrente, que tantas y tantas noches había estado de guarda, esperando verles por fin amarse bajo las luces de las velas, siempre oculto tras de sus más que intuitivos prismáticos.

Un par de veces por semana, una voz femenina, mucho más que sensual, llamaba a su puerta. Repetía su nombre una docena de veces, y cuando se daba por vencida, hacía resonar sus tacones, enojosamente, escaleras abajo. Siempre se le dibujaba en la mente la sombra de su Olga alejándose de la puerta, y un instinto primitivo, desesperado y necio, le empujaba a levantarse de la silla y a salir corriendo detrás de aquel fantasma. Pero en última instancia, su razón vencía y le amarraba a su asiento.

Nunca fue capaz de mover ni un solo músculo durante los pocos minutos que duraba aquella, ya convertida en ritual, fantasmal visita. Cada vez que, desde su privilegiada posición —sentado en la silla de siempre; con los pies en el marco de la ventana, cuyos cristales seguían igual de esparcidos por doquier que el día que él los rompió de un grito; con un cigarro en la mano, e ignorando el mundo—, oía a la mujer de la voz sensual suplicarle que la deje pasar, alegando que sólo quiere saber de él, comprobar que se encuentra bien y que seguía vivo; él sólo podía dejar caer el cigarro al suelo, y permanecer petrificado y con la mirada perdida en otros tiempos, hasta que la inagotable paciencia de aquel fantasma, que a cualquiera costa pretendía penetrar en su vida, flaqueara y se partiera en tanto pedazos, como trozos de cristal había por los suelos.

“Es como tenerte de nuevo a mi lado” le confesaba a Olga desde su silla, cada vez que oía a la muchacha de voz sensual llamarlo desde detrás de la puerta. “Perdóname”, decía agachando la cabeza.

Desde aquella fatídica mañana, Miquel no había sido capaz de alterar ni una sola línea de su rutina. Cada mañana era el mismo ritual: era despertase sin desperezarse demasiado; era tropezar con el perfuma de ella que le invadía desde la almohada contigua; era buscarla con la mano, con los ojos cerrados y con el rostro sonriendo; era chocar de bruces con su ausencia; era dejarse envestir por el peor de los recuerdos, y era ahogarse en un mar de lágrimas que se lo llevaba de nuevo a un olvidadizo y ligero sueño, del que resurgía a los pocos minutos, con un poco de vida de menos, y un poco de pena de más.

Sus tardes no eran muy diferentes de sus mañanas: era por fin dignarse a abandonar la cama; era enfundarse en aquel viejo albornoz que Olga un día le regaló; era arrastrar su alma hasta le silla que él mismo llevó a esa privilegiada posición, el mismo día que salió del hospital; era pisar los cristales que inundaban el salón, para abrir con ellos sus heridas y así evitar olvidar, y eras esperar a que aquella sensual voz apareciera detrás de la puerta, repitiendo su nombre, para, en su compañía, vagar, aunque tan sólo fuera por unos más que finitos segundos, en el recuerdo de la ausencia.

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2 commentarios

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