Capítulo VIII

La mañana del diecisiete de abril de aquel angosto año, trajo consigo al pequeño piso del centro de Barcelona, un fétido olor a podredumbre, a cañería reventada, a fosa séptica rebosada, a depuradora con jornada de puertas abiertas, o a algo parecido a todo eso junto. Esa peste fue lo primero que Miquel percibió apenas abrió los ojos. Se levantó de la cama sin más abrigo que su propia piel, dispuesto a ir en busca de la fuente de aquel nauseabundo hedor. Cuando llegó a la ventana, descubrió que el olor venía de fuera, que era Barcelona la que había colado en el piso a aquel olor como se cuela un gorrón en una fiesta ajena.

Se acercó a la ventana un tanto atónito. Ni siquiera se acordaba cuándo se había roto el cristal; ni de cuánto llevaba roto. Bordeaba su trono ―una silla vieja y rodeada de colillas de cigarrillos apagados y cristales rotos, a la que tampoco recordaba haber dejado ahí― cuando un cristal le atravesó la planta del pie. Fue a mirarse la herida y descubrió que había centenares de heridas como esa aún por curar. Corrió como pudo al baño, se secó la sangre, se dio una ducha, se curó las heridas, se las vendó y enfundó sus pies en unas Converse que encontró en medio del salón. Barrió los trozos de cristal del suelo, limpió a conciencia el apartamento, llamó al cristalero para que viniera a ponerle un cristal a la ventana, y a eso de las cinco de la tarde, salió para el trabajo.

No fue hasta que regresó a casa, no fue hasta que se desnudó entero dejando piezas de ropa esparcidas por todo el apartamento, no fue hasta que llegó a aquella, ahora inmensa cama, cuando por fin recordó su ausencia. Se quedó unos instantes mirando al frío de su vacía cama; dio media vuelta, se volvió a vestir pieza por pieza hasta llegar a la puerta, la cerró tras de sí, y se perdió escaleras abajo. Cruzó la calle y se metió en el bar de enfrente del apartamento.

El ambiente estaba tranquilo. Tan tranquilo, que sólo encontró a Fermín, el eterno camarero, detrás de la barra; a Joan, el dueño de la pescadería de la esquina, fiel cliente del local y mejor amigo del Cardhu, sentado en un taburete, y a un apuesto muchacho que, apoyando un codo en una de las mesas del local, jugueteaba con un mechero como esperando a algo, o a alguien.

―Buenas noches señores ―dijo Miquel apenas entró por la puerta.

―Hombre. Benditos los ojos que te ven ―le respondió Fermín desde la barra sin dejar de repasar una copa con un trapo de un blanco impoluto.

El pescadero, en cambio, ni siquiera consiguió levantar la vista de su vaso. Se limitó a responder con un gruñido silenciado por un trago que resultó ser más amargo de lo esperado. Aquel señor vivía en una perenne tristeza que a Miquel siempre le produjo cierta compasión.

Bordeó Miquel al pescadero, no sin antes dedicarle una ligera palmadita en la espalda, y se sentó en uno de los taburetes que quedaban libres al otro lado de la barra. Se quedó unos instantes mirando fijamente al camarero que no dejaba de sonreírle:

―Don Fermín, póngame usted uno de eso que a usted le encanta y que ella aborrecía, que hoy le siento a usted mucho más cerca de mí, de lo que la siento a ella.

―Yo de ti no diría eso en voz muy alta ―le respondió Fermín sin borrar de su rostro una especie de maquiavélica sonrisa, mientras se giraba hacia donde se encontraba la coctelera.

Alguien en tiró de la cadena y el ruido de ésta hizo que Miquel se volviera automáticamente hacia el baño, y lo que de él vio salir, fue de lo más desconcertante que le había pasado jamás. No supo qué hacer: si correr lo más lejos posible, subirse a la azote más alta que encontrase y lanzarse al vacío, a ver si así, se despertaba de aquella pesadilla; si levantarse lentamente, acercarse a ella, y fundirse con ella en un eterno beso; si plantarse frente ella con toda la furia de la que disponía y exigirle las explicaciones que creía merecer, o si simplemente girarse hacia la barra e ignorar que para él, todas las mujeres del mundo se parecerán en cierta manera a Olga.

―¿Miquel? ―preguntó la chica que acaba de salir del baño apenas se cruzó con la atónita mirada de éste.

Si a Miquel le quedaba una pizca de asombro en el cuerpo, se le acababa de exteriorizar en un exagerado gesto de su mandíbula inferior, cayéndosele hacia abajo a su máxima capacidad.

Aquella hermosa figura, idéntica a Olga en todas sus facciones, no sólo le conocía a él, sino que tenía una voz mimética a la de Olga, y por ende, a la de aquella sensual sombre, que hacía apenas unos meses se pasaba por su puerta un par de veces por semana.

―¡Marta! ―continuó ella―. ¿No te acuerdas de mí?

Él negó con la cabeza sin alterar apenas su rostro.

Fermín ya había terminado de preparar aquel mejunje secreto que el primer día que Miquel y Olga entraron al bar, él les preparó. Seguía con esa maquiavélica sonrisa, expectante, como lo estaría el más grande de los amantes de las telenovelas latinas, mientras le servía a Miquel el combinado.

―¡La hermana pequeña de Olga! ―insistió ella una vez más esperando que así sí se acordara de ella―. Fui a verte al hospital tras el entierro de Olga. ¿Tampoco te acuerdas de eso?

Él volvió a negar con la cabeza; seguía atónito.

―¿Tampoco recuerdas mis insistentes visitas a tu puerta casi cada tarde, desde entonces, hasta hace más bien poco?

Esta vez no negó con la cabeza, pero no dijo absolutamente nada; no pudo. No pudo siquiera dejar de asombrarse de lo que estaba viendo; estaba viendo a Olga en carne y hueso, a Olga respirando, a Olga sonriendo, a Olga hablándole.

―¿Tampoco recuerdas verme, desde la silla que tienes frente a tu ventana, sentarme cada tarde en una de las mesas de este bar, y mirarte hasta cansarme?

―¿Eras tú?

―¡Eh, eh, eh! Perdona ―les interrumpió el muchacho que antes jugueteaba con el mechero, pero que desde hacía ya un buen rato, permanecía atento a todo lo que ocurría entre los ojos del uno y del otro―. ¿Qué estás diciendo, que estás enamorada de este tío?

―Tranquilízate Pere ―le intentó calmar ella con total serenidad―. No es lo que parece.

—¿h, no? ¿Y qué es entonces?

—Éste de aquí es Miquel —dijo señalándole y agachando en cierto modo la cabeza—, el novio de mi hermana

Se produjo un silencio de hielo en el bar, que ella misma se encargó de interrumpir a los pocos segundos.

―Quiero decir: era el novio de mi hermana, o es el novio de la que era mi hermana, o algo así; ya no sé cómo referirme a este tema…

―Hermanas ―consiguió articular Miquel al fin.

―Sí. Olga es mi hermana mayor; o lo era, o yo que sé… No sé muy bien de qué manera se habla de los muertos.

―Es ―le contestó Miquel―. Olga es mi novia y es tu hermana y lo seguirá siendo, por y para siempre.

Marta se quedó mirándolo por unos segundos a los ojos. Los tenía vidriosos, como llorosos, como cabreados, como disconformes con eso último que Miquel había dicho. Pero al final cedió;

―Supongo que tienes razón ―dijo al fin bajando poco a poco la mirada―. ¡Uy, perdonad. Que mal educada! Pere, este es Miquel; el apuesto muchacho del que mi difunta hermana se enamoró perdidamente, y al que nunca me quiso presentar. Supongo que tenía miedo de que se lo quitara. Miquel, este es Pere; un amigo, o algo así…

Otro silencio de unos pocos segundos reinó en el bar durante el cual, Pere, no le quitó de encima a Marta una especie de mirada acusadora. Pero finalmente le quitó importancia al asunto y se acercó a Miquel para estrecharle la mano mientras éste permanecía inmóvil en su asiento.

―Encantado de conocerte ―le dijo al llegar a él―. Siento lo de antes; han sido los nervios.

―Descuida ―le respondió Miquel sin apartar sus ojos de Marta.

―Bueno, nosotros nos tenemos que ir ya, que si no se nos hará muy tarde ―interrumpió Marta todo lo que Miquel le estaba intentando decir con la mirada.

―¿Pero qué dices? Si nos acaban de servir las bebidas ―le recriminó Pere.

―He dicho que nos vamos.

Se dirigió a la masa, recogió su chaqueta y su bolso, y guió sus pasos hacia la puerta. Se giró hacia Miquel; le encontró aún con los ojos clavados en ella. Luego hacia Pere; lo encontró con la misma cara de asombre.

―Yo me voy —dijo con cierta melancolía en la voz—. Tú puedes hacer lo que te venga en gana.

Tamborileó con las uñas en el marco de la puerta, y como un gato pardo en plena noche, se escabulló hacia la calle.

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2 commentarios

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