Capítulo X

Volar es un sueño que han tenido los hombres desde tiempos inmemoriales. En la mitología griega, Dédalo le construyó a su hijo Ícaro unas alas de cera para poder escapar de la isla de Creta, donde estaban recluidos por el rey Minos. En la antigua Roma, Da Vinci invirtió gran parte de su tiempo en construir y probar artilugios para demostrar que el hombre podía volar siempre que se lo propusiera. ¿Por qué tanto empeño? Fácil: porque para el hombre volar es sinónimo de libertad, y no hay animal en la tierra que anhele más ser libre, que el hombre. Desde un tiempo hacia aquí, desde que el hombre dejó de soñar como antaño, se conforma con llegar a flotar. Y eso que flotar para él, es sólo una metáfora de su estado psicológico, es tan sólo una mera nomenclatura que decidió acuñar para un estado anímico medianamente equilibrado. Miquel se conformaba con eso mismo; con flotar. Siempre que lograba apagar mínimamente el recuerdo de Olga, flotaba. Flotaba e incluso se sentía vivo y con eso era capaz de seguir adelante, de ir a trabajar, de intentar dejar de fumar, de amagar las lágrimas en los momentos de flaqueza mental, de sonreír a los vecinos, de rechazar alguna copa de Whisky de vez en cuando, y de ir los viernes por la tarde al cementerio.

Un día, la vio de espaldas sentada frente a la tumba de Olga. Gesticula muchísimo y hablaba sin tristeza en las palabras. A medida que fue acercándose a ella, la oía más claramente. Le contaba a su hermana su encuentro con él en el bar la otra noche, le contaba lo guapo que era y la cara de tonto que se le había quedado al verla salir del baño. Hablaba muy deprisa y casi sin respiraba. A Miquel le costaba seguirle el discurso en algunas ocasiones. Llegó justo detrás de ella, se paró y esperó a que terminara de hablar. Ella lo intuyó y se calló; sabía de sobra que era él. Se giró lentamente sin terminar de volverse del todo, sólo lo justo para darle a entender que sabía que estaba ahí, y que le invitaba a sentarse con ella y a hablarle a Olga de sus cosas. Pero para él hablarle a los muertos es una pérdida de tiempo que no cuadra con su racionalismo de bohemio curtido, así que se acercó a la tumba, retiró las flores marchitas que había dejado ahí la semana anterior, puso el nuevo ramo y se volvió hacia Marta que lo miraba en una especie de silencio opaco. Le tendió una mano, la ayudó a levantarse, la abrazó una vez la tuvo de pie frente a él, y pasándole un brazo por encima de los hombros, se la llevó dirección a la salida del cementerio.

―Te invito a una copa ―dijo ella apenas salieron del cementerio. Es lo que tiene la gente como Marta, que ni el más triste de los episodios de su vida, es capaz de quitarle la alegría de vivir.

―Te lo agradezco mucho Marta. Pero hoy no me apetece hacer absolutamente nada. Quizás otro día, ¿vale?

―Está bien. Otro día será. Pero recuerda que para mí, “quizás otro día”, es una promesa.

Él le sonrió y siguió caminando a su lado sin decir nada más. Llegaron a la esquina de la pescadería, donde se despidieron. Miquel fue para la derecha, hacia su piso; Marta fue hacia la izquierda, hacia la vida.

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