Déjenme crecer

Primero vinieron las pesadillas. Uno nunca llega a ser del todo consciente de cuán adentro suyo se habían calado las ganas de libertad como cuando hasta sus sueños se lo dictan. Llegaron las noches en vela temiendo soñar, los días de angustia temiendo dormir, las lágrimas en silencio, la sensación de vacío, el calor que asfixia y el hambre que aprieta. Y uno ahí. ¿Dónde si no? No había más lugares en el mundo. O al menos, no habíamos visto lugar alguno que defiriese en lo más mínimo de aquel desierto.
Luego empezaron los respiros de dos meses: nuevos amigos, nuevos compañeros de aventuras que se desvanecían llegado el quince de septiembre tan rápidamente como el calor y el polvo rojo iban nublando los recuerdos, borrándolos o simplemente sustituyéndolos por una nostalgia sinuosa que destroza cualquier infancia.

No sé cómo nadie llegó a la conclusión de que era peor el remedio que la enfermedad. Nadie se dio cuenta de que éramos niños y de que era nuestra infancia y nuestras ganas de conquistar el mundo lo que estaba en juego. Nadie. Los últimos en darnos cuenta de ellos, por supuesto, fuimos nosotros mismos, cuando, ya de mayores, nos encontramos frente al espejo odiando a nuestro reflejo por esa detestable incapacidad de amar. ¿Quién tuvo la culpa? ¿Acaso fuimos nosotros? Tal vez. Pero éramos pequeños y por mucho que tiremos de memoria, ningún de nosotros recordará jamás el hecho de habérsele brindado la posibilidad de rechaza un futuro de insensibilidad. Nadie.
Y ahora la pregunta es: ¿Por qué irremediablemente íbamos conducidos como borregos hacia un futuro exento de afecto? ¿No podíamos simplemente renunciar? ¿No podíamos hacer como las ovejas negras y descarrilarnos, tomar otro camino, coger las riendas de nuestras propias vidas y negárselas a los demás?
Podíamos. Pero éramos pequeños y eran otros los que decidían por nosotros.
Luego vinieron las lágrimas, las despedidas, las contradicciones, los «me quiero ir, pero no puedo», los «quiero volver, pero tampoco puedo». Y de pronto, en mitad de debates internos y de impotencia infinita, llega la magia. ¡Joder! No me sentí tan afortunado como aquella tarde. Y, a pesar de ello, lloré. Lloré y no solo era alegría la que empujaba desde mis entrañas las lágrimas; también era tristeza. Tristeza porque no tenía ninguna intención de volver, y, ¡joder!, eso también me parecía egoísta y mezquino.
Luego llegaron los años y años y años y años de soledad rodeados de gentes que jamás nos iban a mirar como a sus iguales. Luego las ganas de huir de la ciudad de nuestra infancia, las ganas de huir de la ciudad de nuestra adolescencia, las ganas de huir de la ciudad de nuestra juventud, las ganas de huir de cualquier cama, si detectábamos un mínimo de cariño, pues nosotros ya nos habíamos vuelto inmunes a todo eso: se nos había sido arrancado de cuajo el arraigo, el sedentarismo, la concepción de patria, de nación, de comunidad, de bario, de grupo, de pareja, de ser. Uno ya no era ni él mismo; hasta de sí se había desentendido. Luego las ganas de huir de todo. Siempre nuestras ganas de huir.
También está eso otro. Porque claro, tú cuando huyes, ¿adónde vas?: ya no eres de ahí, no te aceptan; aún no eres de aquí, tampoco te aceptan. Y entonces te encuentras solo y desamparado en una vida de mierda por la que caminas desapercibido, cabizbajo e insignificante, sin pasado, pues ese ya te repudió, y sin presente pues éste no quiere saber de ti. Y tan solo te queda un futuro incierto en el que depositas lo poco que tienes, que básicamente se reduce a nada.
Luego la constante búsqueda del que sería el verdadero paraíso prometido, algo que fuera mucho más allá del sueño americano, de la Europa de las libertades, de la España de la prosperidad… El dinero pierde sentido, la comida se vuelve una carga que uno nunca sabe dónde podrá depositar más tarde, el calor de un abrazo asquea aún más que la idea de uno mismo… ¿Dónde descalzaré mis pies hoy? ¿En qué parte de esta tierra que nada tiene de mía abrigaré mis huesos esta noche? ¿Qué ojos me ignorarán mañana? ¿Qué trabajo de mierda me calmará la sed y las ansias de llegar a mi destino como alma errante en busca de sí misma? Y te arrojas a la cara día tras día cada una de esas preguntas, aun siendo muy consciente de que todavía no tienes respuesta alguna para ninguna de ellas. Hasta tu muerte; o hasta un golpe de suerte.
Y así, perdido y asustado, siempre con el rabo entre las piernas, el dedo en la boca, el alma pequeña, los ojos nublados y los recuerdos ahogados, te vas arrastrando a ti mismo a lo largo y ancho de esta humanidad sin sentido hasta que un día, sin ton ni son, algo da un giro dentro de ti, algo te calma, alguien te mira diferente, alguien ve en ti mucho más de lo que jamás habías conseguido ver tú mismo. Y entonces te salva. Y sonríe. Y su sonrisa te abofetea y, claro, te nace salir corriendo. Pero te coge del brazo, te hace girar con ternura y tu mundo da un verdadero vuelco. Aunque todo eso vendría mucho después y yo aún no había salido del desierto.
Todo empezó, como suelen empezar las historias de mierda, con las malditas pesadillas. De que nadie se diera cuenta ya me encargué yo. ¿Cómo les iba a explicar que sin haber salido del desierto no podía aguantar en él ni cinco segundos más? Esas ideas, como el primer negro que diría que la esclavitud no estaba bien, solo me traerían la repudia y el rechazo de todo cuanto me rodeaba. Eso era como buscarse aún más soledad e incomprensión. Y yo, por niñez o cobardía, no me atrevía a dar el paso.
Mi padre, perro viejo como el que más, observaba, fruncía el ceño, me acariciaba el pelo antes de irse a dormir y callaba. Callaba porque no creía tener nada que decir. Y, siendo franco, yo tampoco creía que él tuviera absolutamente nada que decir que pudiera aliviarme la soledad. Pero él sabía que yo no iba poder rehuir sus miradas para siempre, y el día que pudo, lo dejó caer. Natural, suave, sencillo… como dejar cae un martillo mecánico en el cerebro de una rana de río. Y el martillo era tan grade como mis miedos y la rana tan pequeña como mi valentía, pero su encontronazo hizo que saliera de ahí con, al menos, una idea ineludible: «Yo me voy de aquí».
Aquello, en memoria de ese señor, extraño para mí hasta aquel entonces y al que el resto de mis hermanos llamaban «padre» —cosa que yo no aprendía a hacer hasta que la gratitud superó la tristeza—, ocurrió de la siguiente manera
Una noche cualquiera, mi padre y yo subimos la colina que quedaba al sudoeste de mi casa. Allá, a lo lejos de donde estábamos, se dejaba entrever el corral donde teníamos encerradas las pocas cabras que le regaló mi abuelo a mi madre. Sorteando pedruscos y defecaciones varias, caminé a su lado y en ceremonioso silencio, sin alzar la vista del suelo, hasta que llegamos arriba del todo. La noche se apagaba y la oscuridad se apoderaba de todo. Una tristeza un tanto particular me invadió el cuerpo entero al sorprenderme a mí mismo comparando aquel paso del tiempo con la figura de mi padre; un hombre carcomido por los años que apenas podía subir una colina de unos pocos metros de nada.
Abrió el corral, esparció la mezcla de legumbres y trigos encima de una vieja lámina de metal que había en un rincón y, mientras las cabras se entretenían comiendo, iba sucediéndose de una a la otra, acariciando sus ubres, usurpándoles sus riquezas sin dejar escapar ni un sólo suspiro.
Al terminar el ritual de cada noche, salió del cobertizo, dejó sus alpargatas en un costado y se sentó encima de las mismas. Tenía esa cara que yo tanto rehusaba; estaba como reflexivo, como apunto de hablar. Yo, que hacía unos instantes que le observaba intentando descifrar qué era aquello que le rondaba la cabeza, permanecí ahí plantado a su lado sin pronunciar palabra un buen rato más.
Quedamos así, él mirando hacia donde estaba nuestra jaima y yo mirando hacia donde estaba él.
—Se está haciendo de noche, papá. Voy a bajar la leche a mamá para que la ponga a fermentar —dije dándole la espalda.
—No hay ninguna prisa hijo.
Me giré de nuevo hacia él y me quedé unos segundos observándolo en silencio sin saber muy bien qué hacer. Caminé hacia él e hice lo propio con mis alpargatas y me senté a su lado.
—¿Ves toda esta tierra? —dijo mirando la inmensidad de la nada—. Nunca dejes que te haga lo que a mí. Esta tierra que algunos califican de encantada, lo que está es maldita. Dicen que les atrae, que les arrastra desde cualquier otra parte del mundo, que les susurra sus encantos al oído en sus ratos de soledad. Pobres diablos. No creo que sepan bien de qué hablan. Una tierra que alberga más de doscientas mil almas rotas, nunca podrá ser considerada encantada. Una vez un erudito del lugar enunció aquella famosísima frase de “Aquí no crecen plantas ni árboles, pero florecen personas”. Que no te embauquen. Aquí nunca ha crecido ni florecido absolutamente nada. Fíjate en todas las personas que viven aquí, que nacieron aquí y que probablemente mueran aquí. Gentes sin pasado ni presente ni futuro; ¿qué pueden ver de encantador en una tierra infértil? Nada. No hay nada de bonito ni de encantador en una piedra encima de otra piedra; no hay nada de bello en un cauce seco que lleva sin agua más de diez años; no hay nada de admirable en una tierra de polvo rojo, un polvo envenenado que se te cuela en el cuerpo e inerva tus venas desgastando tu alma. Fíjate bien en ellos, no hay ni un solo corazón de los que aquí siguen palpitando que no se sienta fracasado por recluirse en esta inhóspita tierra de nadie abandonando la suya propia hace más de treinta años. No hay ni una sola persona que se sienta orgullosa de esta tierra ni de lo que ha llegado a ser en ella. Hijo mío, aquí nadie vive; ni siquiera sobrevive. Aquí la gente aspira a vagar por la arena como almas en pena esperando su momento, momento en el cual cada uno redimirá sus pecados a base de lágrimas lamentando todo lo que pudo ser y nunca fue. ¡Mírame a mí! Pude ser tantas cosas, y nunca llegué a ser ninguna —hizo una pequeña pausa en la que le vi frotarse los ojos e intentar combatir el cansancio para poder seguir con su discurso—. Pero yo ya no tengo remedio, hijo mío. Ni yo ni muchos como yo. Pero la pregunta es, ¿quieres tú un futuro como mi presente?, ¿quieres tú revivir mi vida, una vida en la que no hay absolutamente nada de lo que sentirse orgulloso? Dicen que el ser humano es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra, pero te puedo asegurar que ya he tropezado yo las veces suficientes para al menos dos vidas. No quiero que a ti te suceda lo mismo que a mí. Huye, corre con todas tus fuerzas y ponle a tu vida un nuevo rumbo, un rumbo que ni siquiera tú mismo conozcas, pero cuya meta sea siempre crecer. Vete de aquí cuanto antes —balbuceó con la voz quebrada y la mirada perdida—. Te veo y me veo en ti. Cada gramo de tu cuerpo, no es más que un reflejo de mí de hace más de treinta años: ilusiones perdidas, sueños abandonados, aspiraciones frustradas y fantasías quebradas en la inocente imaginación de una mente libre. Nada en esta tierra te debe retener jamás —dijo al fin levantándose de mi lado sin mirarme siquiera y dejándome ahí a menos de una palabra suya de estallar en lágrimas, mientas la noche caía sobre mis hombros.
Ya veis. ¿Quién le puede discutir a mi padre verdades tan aplastantes? Nadie. Mucho menos yo que, para aquel entonces, buscaba oír justamente eso para poner los pies en polvorosa.
Ahí fue cuando llegaron los respiros veraniegos de los que antes os hablaba. Te vas dos meses a España, te acoplas en casa de una familia extraña, compartes con ella mesa, les gorroneas la nevera, te regocijas en los mil y un aromas que desprendes sus sábanas recién lavadas, e incluso te atreves a apropiarte de los juguetes de sus hijos… Y, al cabo de dos meses, te meten en un montón de chatarra que vuela y te devuelven a tu mierda de realidad. ¡Qué inhumanos ellos!
Luego pasas nueve meses en un campamento de refugiados deseando que llegue el calor. No por el calor en sí, no nos engañemos; si no porque la llegada del calor significaba poder disfrutar de una nueva escapada como la del año anterior. Y al principio es divertido y tu inocente y joven y olvidadiza mente hace borrón y cuenta nueva cada vez que el monstruo de hierro aterriza en un nuevo aeropuerto. Y a ti te empieza a dar todo igual. Y va a más. Y cada vez te da más igual. Y al final te da tan igual, y la gente que había pasado por tu vida tiene tan poco significado, que llegas a la conclusión de que la gente que vendrá a tu vida tampoco tendrá significado alguno. Y ahí es cuando caes en que te habían jodido la infancia.
Y en uno de esos respiros veraniegos, una señora de ojos azules y sonrisa pícara, te conquista el corazón. Y se ve que, por un incomprensible capricho del destino, tú habías hecho lo mismo con el suyo, y empieza a negarse a dejarte ir. Y de pronto te encuentras bien y no te quieres largar de ahí y una noche de pesadillas le lloras cabizbajo y le suplicas que no te deje volver. Y ves cómo se le encharca el corazón, cómo se limpia los mocos con la manga de su jersey de pijama, cómo te aprieta contra su pecho, cómo te susurra que «ni de coña».
Y pasan los años y te das cuenta de que ya habías perdido la cuenta de tus sonrisas, de que ya estás bien, pero que llevas más de la mitad de tu vida sin ver a los tuyos. E intentas volver. Y vuelves. ¿Quién te lo iba a impedir? Pero llegas y ahí ya nada es lo mismo y la gente te mira mal y tú eres el apestado, el afortunado, el envidiado: el que se pudo largar de ahí y empezar una nueva vida. Y ahí empieza de nuevo la mierda y el estar bailando siempre entre dos aguas, o en agua y aceite, o en yo qué sé cómo explicarlo. La cosa es que ya nada es igual. Y vuelven las pesadillas.
Pasan más años y la bipolaridad de quien ha amamantado de pequeño los valores orientales y ha comido de menos pequeño la papilla de los valores occidentales se convierte en el menor de sus males. Y empieza a cuestionarse la validez de todo; hasta del para qué narices había servido su maldita odisea. Pero empieza a hacerlo en algún café, de alguna ciudad más o menos importante, sentado con gente que habla bien y razona y segrega más afecto que estupidez y da gusto estar ahí. Y empieza a hacerlo sonriendo, que es lo más importante.
Y un día, una de esas personas interesantes que uno tanto admira, comenta algo de una ciudad. Y otro alguien espeta «fría», y otro dice «preciosa», y alguien responde «abarrotada», y uno, del final de la mesa sentencia «milenaria». Y se abre así un debate sobre cómo es esa ciudad. Y tú ya te ves ahí, por muy fría y abarrotada que sea, porque también es preciosa y milenaria.
Y así fue como, un año más tarde, me planté en pleno febrero, con un cierzo asesino, una lluvia afilada y un paraguas de mierda que me dejó tirado a los veinte minutos de comprarlo, en la que se convertiría en mi casa.
Y yo, por supuesto, aquí, en mi nuevo hogar, con una nueva familia, con el rabo menos entre las piernas que nunca, con el dedo más erecto de lo que había estado jamás, los ojos más nítidos de los últimos años y los recuerdos que mejor saben nadar me dejo querer, me relajo, me siento en cafés a leer y a escribir y a besar a una preciosa muchacha de ojos verdosos que ahora me mira embobada mientras acaricio su corto cabello por la parte de la nuca.
Respiro hondamente: sereno, tranquilo, feliz. Por fin me dejan crecer en paz.
La Casa de las Culturas de Zaragoza premia  “Déjenme crecer” en el certamen “Acercando orillas 2016”

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