Hijas del patriarcado

Nosotros somos cincos; ellas cuatro. De nosotros tres son los benjamines y aún no tienen ni voz ni voto. Es más: son los recaderos, los correveidile, los juguetes, los cojines o cualquier otra cosa que nosotros queramos que sean. El resto somos mi hermano y yo: el blanco y el negro, el día y la noche, la autoridad y el refugio, el patriarca y el repatriado. Claro, tiene su lógica cuando se sabe que él es el hermano militar quince días cada cuatro meses y el hermano obrero el resto del año, quien trae el pan a casa, quien dicta las normas, quien mea las esquinas para marcar el territorio; mientras yo soy aquel hermano al que nunca se ve, al que no se le pide nada porque nunca tiene nada que dar, el que, en cierto modo, tampoco tiene ni voz ni voto en esto al que llamamos familia.

Ellas, como ya he dicho, son cuatro. A cada cual más guapa; a cada cual más guerrera. Para mí, qué queréis que os diga, que sean guapas o no me la trae bastante floja. La belleza de una mujer, por muy hermana mía que sea, nunca me ha dicho nada más de lo que me diría la belleza de cualquier otra cosa a la que yo pueda considerar bella. En cambio, que sean guerreras sí me importa y mucho, viviendo en un país donde la mujer que no lo es nunca pasará de ser propiedad de algún macho alfa: primer del padre, luego del hermano, luego del marido, luego del hijo y, por último, propiedad del sepulturero.
Mi hermano, como heredero legítimo del bastón de mando familiar, pronto tuvo que adaptarse a ello: agravar la voz a la hora de reñir, imponer su criterio a sabiendas que es erróneo, perfeccionar su mirada asesina, encadenar un cigarrillo tras otro para ganarse ese punto de macarra, rodearse de buenos compañeros de batalla, aprender a jugar al mus, ganar siempre en cualquier deporte… Yo, en cambio, sonrío cuando nadie me ve y mis hermanas hacen lo mismo. Donde él impone, yo consulto; donde hay silencio por su presencia, hay júbilo por la mía; donde hay frío en las palabras de su discurso, hay calor en las del mío; donde él ve una pelea que hay que ganar, yo veo un imbécil al que hay que ignorar; donde él ve a una mujer sin respeto, yo veo a una mujer libre; donde él cree establecer su reino, yo veo una plebe con rencor… Y a pesar de no parecernos en nada somos hermanos y mejores amigos, porque cuando yo estoy en casa él es menos él y mis hermanas son menos plebe y más reinas.
Mis hermanas, por fortuna, son una escalera de valor. La una niega el poder, la otra es nihilista; la mediana finge obedecer pero me parece que envenena. La pequeña acude a papá. Pero no para que la defienda, ni mucho menos: ha desarrollado su propio sistema de manipulación emocional. Qué le puedo yo reprochar; «el fin, a veces, sí justifica los medios».
«Eres un blando» me dicen algunos. «Si no te haces respetar, no serás respetado jamás» me dicen otros. Es irónica la situación, porque cuando el zapatero cree conocer sus zapatos, estos recorren caminos que él jamás vislumbrará. Con los reinos de aquellos que legislan con mano firme y corazón de hierro pasa algo muy similar, que de noche se les escapa la plebe y se reúne con su libertad, y folla y ríe y corre y no obedece absolutamente a nadie. ¿Qué le queda a un rey sin reino?, el destierro, me temo; ¿qué le queda a un macho alfa sin manada?, el abandono, me temo; ¿qué le queda a una mujer no amada?, le queda ella misma; le quedan sus iguales.
Nunca he creído que el timbre de voz equivaliera a la autoridad; nunca me he creído más de lo que quiero que los demás sean para mí: ni más ni menos; nunca me he enamorado de una mujer que no se amara a sí misma mucho más de lo que me amara a mí… Nunca he creído que valiera la pena abandonar una sonrisa por una falsa autoridad; nunca he creído que valiera la pena una vida de autoridad sin amor; nunca he creído que valiera la pena invertir un solo  segundo de vida en una vida sin una verdadera revolución a tu lado…
Es por ello que no creo que mis hermanas logren fingir obedecer ni un solo día más al Hitler que tienen por hermano, por muy hermano suyo que sea; imaginaros a un marido o un hijo o a un puto sepulturero.

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