La libertad enamora

Yo era el más canijo; siempre el más fuerte. Ella era la más pequeña; siempre la más valiente. Se vestía siempre acorde con su humor, se vestía siempre alegre. Verde. Decía que no era su color, pero que era el color que más le hacía sonreír. Pantalones de pitillo, camisetas ceñidas, ideas libres y siempre sin sujetador. Yo bromeaba, babeaba; siempre tras sus huesos. «Se te ven los pezones» decía yo, «Vuelve a decir eso y te corto los cojones» respondía ella. Y acto seguido estallaba en una carcajada infinita. Yo miraba y sonreía; ella fumaba tabaco de liar.
Jamás regalaba un beso por compasión; jamás mentía por complacer. Si reía era sincera y si callaba lo era aún más. Salía todas las noches. Decía sentirse más libre. «¿Y no tienes miedo?» le preguntaba la camarera del bar donde íbamos siempre. «Nadie tiene más cojones que yo» respondía. Cogía su copa, se la terminaba de un trago y me miraba sonriendo. «Mira que eres feo, canijo», «mira que eres basta, diablo». Y en algo tenía ella razón: siempre fui un canijo; y en algo tenía yo razón: ella siempre fue un diablo.
Un día desapareció. La llamé al móvil; ni rastro. La llamé al timbre; ni una señal. La llamé a pleno pulmón y casi me quedé sin aliento.

A los años la vi por la tele: besaba con los ojos cerrados a una rubia casi tan guapa como ella, delante de miles de homófobos en una protesta en Marsella. A los meses la vi en un diario: le prestaba una rosa al arma de un soldado. A los años la vi en una foto de la mano de John Lennon pidiendo la paz: decía que le quería. A los años la vi cantar, con un porro en una mano, la canción de su ex novio: «Imagine». A los años la vi en una frontera: llevaba los pezones al aire y en ellos se podía leer «refúgiate en mi pecho; descansa en mi regazo». A los años salí corriendo tras ella. Pero ella corre más que el viento. Y siempre que alguien decía haberla visto, alguien le ratificaba: «ya no está; ayer se fue».
Yo ya no estoy para correr; ella sigue de niña en niña. Yo ya no sonrío al verla; ya no pienso «yo amé a esa mujer». Ya casi no la recuerdo y, sin embargo, no la olvido. No consigo borrar de mí sus ansias de libertad. No consigo que su «mira que eres feo, canijo» ensombrezca los recuerdos de lo que ella ha sido para mí.
Ella le dio la manzana a Adán, ella le susurró a Moisés algo sobre una travesía, ella separó los mares, ella apuntaló el Arca, ella empuñó un arma en París, ella afiló la guillotina, ella redactó una enmienda, ella excavó un túnel en un campo de concentración, ella derribó el muro de Berlín, ella besó a tantos hombres como mujeres, ella enamoró a medio mundo con tan solo el guiño de su ojo izquierdo, ella nunca se depiló las ingles, ella bebió mucho más que yo, y que tú y que cualquiera de nosotros. Ella creció, folló, parió, crió, envejeció y aun así yo siempre la vi joven.
Ella… Ella consiguió hacerme entender que ser libre era la mejor manera de sobrevivir a la vida. Ella nunca volvió a mí; nunca se fue de mi lado.
Publicado en la revista feminista digital Pikara Magazine

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