Mi Sant Jordi

Cuenta la leyenda que en un bosque cercano a un reino injusto vivía dos amigos: el uno se llamaba Jordi, el otro era un dragón. Se divertían incendiando las cercanías del reino, asediando a su villano rey, intentando que repartiera justicia y riquezas entre su plebe. Pero éste nunca cedía.
Un buen día y, a cambio del cese de sus travesuras —supusieron ellos—, el rey les envió dos corderos: uno y mitad para el dragón; mitad para el caballero.
Así siguió su rifirrafe con el rey hasta que un buen día, en lugar de dos corderos, llegó un cordero y un niño de nueve años. Estupefactos ambos dos, primero lloraron, luego rieron y al final se repartieron el cordero entre los tres.
Al mes siguiente llegó otro niño y al siguiente una anciana y al siguiente un hombre mayor… y un buen día llegó la hija del rey.
Sentados todos alrededor de una pequeña hoguera idearon un plan maestro para derrotar al rey. En dicho plan, Jordi derrotaba al dragón, el dragón sangraba flores, las flores se le regalaban a la princesa, la princesa se enamoraba de Jordi, el rey recompensaba a Jordi por su valentía regalándole todas sus posesiones, Jordi las repartía entre el pueblo, y el pueblo elegía democráticamente a sus representantes.
Y hasta aquí mi particular visión de Sant Jordi.

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