Sant Jordi

Una ciudad burbujeante; calles repletas de gente, esquinas oliendo a rosas frescas, y el aroma de los libro recién estrenados, que invadía las fosas nasales de todos los que, por doquier, paseaban con una media luna dibujada en el rostro.
Jovencitas con flores; jovencitos con libros. Jovencitas con muchas flores —me pregunto cuántos libros habrán regalado sentidamente—; y jovencitos sin ningún libro. Señoras con flores; señores con libros. Señoras con flores; señores sin libros, que, colgados de los brazos de sus mujeres, piensan que ya son ellas “bastante libro por leer aún”. Señoras sin flores, que supongo piensan “él es mi flor”; señores con libros que no leerán nunca.
Un Oliver Twist, tan desarropado como el descrito en su momento entre las páginas de Charles Dickens, merodea por los alrededores de un Másquefrutes. Mira a ambos lados en los que no ve peligro alguno. Busca con disimulo los ojos del tendero, mientras éste, haciendo como que no le ve, mira de reojo al malhechor sin fruncir demasiado el ceño. “Twist”, ignorando por completo la ahora atenta mirada del frutero, coge “prestada” una manzana y desaparece de la vista de todos. El frutero por su parte, lejos de salir corriendo tras el lazarillo, niega con la cabeza casi con una sonrisa, y sigue con sus quehaceres.

Un señor inmerso en canas que, sin embargo, aún no ha renunciado a la lectura pues eso le supondría renunciar a la vida, se ha sobrepuesto a su dificultad respiratoria; se ha quitado de encima un poco de polvo, tan acomodado como él; se ha enfundado sus mejores galas, y ha salido a la calle. Carrito de la bombona de oxígeno en una mano, un libro de encuadernación bien gastada —su preferido, supuse— en la otra, camina en solitario con notable dificultad. Se acerca a mí; me mira, y luego mira al banco. Sonríe por lo bajo, inspira bien fuerte y se siente costosamente. Una vez acomodado en el banco, mira al frente decidido, sin dejar de sonreír. Abre su libro y empieza a leer.
A su espalda, a poco más de un metro, una señorita, apoyada en una farola, espera a que el semáforo se ponga en verde. También ella lee un libro, y también ella sonríe; supongo que algo la debe divertir de la lectura. Tiene una bonita sonrisa marcada por las arrugas incipientes que ya ni la más eficaz de las cremas puede ocultar.
Un joven manosea obras de segunda o tercera o cuarta mano al otro lado del mostrador de una paradita. Mientras, con la otra extremidad, acaricia, casi con desgana en el roce, el traserito respingón de una jovencita que, distraída, repasa con la mirada títulos que al parecer no le suenan de nada.
Una chica pierde una flor y se gira espantada, a la espera de encontrársela en el camino recorrido; un niño corre detrás de un globo, mientras éste, tan indiferente como despiadado, inicia un ascenso irreversible que provoca los insufribles llantos del niño; un tendero sonríe perfectamente consciente de que este día será su agosto; un libro llora en una esquina de una paradita porque nadie le presta atención; una rosa guanta el tipo consciente de su inminente marchitez; un escritor ignora sus catetos lectores; unos lectores despistados pasan con un libro por delante de su autor sin ser conscientes de con quién se han cruzado; un libro cae de las manos de una mujer y su caída me provoca una risilla malintencionada —prefiere suicidarse, pienso—; un semáforo se pone en verde, y el tráfico continúa. Me levanto y camino, pues sin darme cuenta, ya se había terminado el día.
Un libro y una flor; nunca pensé que tan poco —sin pretender hacer de menos a ninguno de los dos— fuera suficiente para hacer felices a tantos, en un solo día.
Volveré al mismo banco; dentro de doce meses.

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