Cuando la bendición se vuelve catástrofe

Las lluvias en Sáhara: una navaja de doble filo

Hay territorios que lloran poco. Como las personas, hay parcelas de este continente que no son muy dadas a lloriquear o a quejarse de su lastimoso estado. Son trocitos del planeta con el corazón de piedra, aunque sienten como el que más como la vida les pasa por los costados sin pararse siquiera a mirarles a los ojos. Es, por ejemplo, el caso de los desiertos donde la vida o se da en condiciones extremas o simplemente no se da. ¿Y qué hacen estas regiones? Absolutamente nada. La televisión no se hace eco de las catástrofes naturales que las asolan porque éstas nunca se han quejado de prácticamente nada. ¿La radio? La radio agoniza tanto o más que los propios desiertos. ¿Diarios y revistas? Su interés por informar llega donde llega el interés económico de sus accionistas; y os aseguro que en el desierto no se les ha perdido absolutamente nada.

Desarrollo espontáneo y mezquindad inherente

Para cuando vinieron a por mí, ya no quedaba nadie que pudiera decir nada

Las espaldas del mundo son horrendas: tienen cara de perro atropellado; huelen a sudor de esclavo; saben a veneno cruelmente suministrado; y duelen tanto o más que los clavos del mayor incomprendido de esta bruta historia nuestra.
Cuando el mundo decide sacar a relucir sus espaldas lo hace con el mayor regocijo, desprecio e insensibilidad que es capaz de mostrar. Pero no es el mundo en sí, pues ni éste sólo somos los humanos, ni somos su obligo. No, no es el mundo; es tan sólo el ser humano el que da la espalda. Da la espalda a cuanto debería amar, respetar o incluso venerar: a la madre tierra de la que come y bebe; a los demás inquilinos de ésta, pues son su alimento, y a sí mismo —mejor dicho, a su prójimo, porque el amor a sí mismo es infinito, tanto es, que no deja espacio en el alma para el amor fraternal—.

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